Es considerada un manjar exquisito y quizás es el "nicho gastronómico" menos pensado por parte de los empresarios argentinos desesperados por las trabas a la importación: la carne de rata asada se impone en todo el continente asiático, y nuestro país –a menos que salten del barco– sobra población para exportar a raudales ejemplares criollos del nauseabundo roedor. Máxime ahora, cuando Tailandia devino en el tercer mayor consumidor de carne de rata en Asia.
En las afueras de Bangkok abundan "rateros" profesionales en pos de agujeros en los arrozales, dado que aquellos ejemplares, piensan, "están mejor alimentados" que los de las ciudades (una creencia que nadie ha confrontado con biólogos locales, desde luego).
"Busco dentro de sus agujeros", dice uno de los cazadores, "si no pesco ninguna, les dejo una trampera y regreso más tarde".
Nadie discute, a esta altura, que la caza de ratas es una de las maneras más honestas de ganarse la vida.
En el continente asiático hoy es un alimento tan popular que la demanda ya supera a la oferta. Puede costar 6 dólares el kilo y es más cara que la carne de pollo o de cerdo.
Vale la pena ver el informe de BBC Mundo dedicado al "último chirrido" de la cocina asiática. Y después vomitar como un puerco, por supuesto.


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El hombre el peor depredador.