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Rodolfo Bebán: "Tengo suerte, la televisión no me destruyó"

24/09/2011 18:49 hs
El actor coprotagoniza junto a Alfredo Alcón el éxito teatral Filosofía de vida. Recuerda la relación con su padre, Miguel Bebán, con quien discutía y pasaba años sin hablarse. Revela que en varias oportunidades lo tentaron para ser político.

Volvió al escenario Rodolfo Bebán. Desde el año 2006 que no lo pisaba como intérprete. Ahora comparte cartel junto a Alfredo Alcón y Claudia Lapaco en uno de los éxitos de la actual temporada teatral: Filosofía de vida. Cordial, con los ojos azules más bellos de la escena nacional, Bebán todavía recuerda Cremona, de Discépolo, en la que no pudo concretar su papel hace ya cuatro años en el Cervantes. Luego llegó el otro Bebán, el director, pero se extrañaba al intérprete.

—¿Por qué aceptaste este personaje? —Fue la convocatoria de Alcón.

Después leí la obra, pero de entrada le di el sí a Alfredo.

—¿Cuál es tu "filosofía de vida"? —¡Todavía no la encontré! Estoy tan perdido como mi personaje en la obra, el Pato Bermúdez. La verdad es que es muy difícil hablar de la filosofía de vida de uno. No podría definir bien lo que busco, en realidad tengo mucha confusión en este momento. Sé que estoy cerca del fin: ¡uno está grande! —El texto ironiza sobre el mundo de los filósofos...

—Nuestro autor, Juan Villoro, es más un ensayista y filósofo, como su padre, que es dramaturgo. Esta obra le salió porque quiso volcar en el escenario esto de lo que quería hablar. Se sorprendió mucho cuando vino a verla, porque en México fue un espectáculo para poco público, mientras que aquí la estamos representando en una sala grande y tenemos una muy buena respuesta de espectadores. El no se la esperaba, creyó que su texto era más serio, aunque nos llenó de elogios y se fue muy feliz.

—¿No creés que el éxito reside en este elenco: Alcón, Bebán más Lapaco? —Nunca se sabe. Los personajes son maravillosos. En realidad, el protagónico lo tiene Claudia, porque su papel da la clave. No me cabe duda de que los nombres de los actores atraen, pero si no hay una obra detrás la gente no concurre. La obra sin público no respondía igual, no contábamos con el humor que le encuentran los espectadores. Para nosotros fue una sorpresa y después de la sonrisa se llevan un mensaje valioso. Primero se ríen y después piensan. La gente nos espera -a pesar del frío- y nos agradece lo bien que la pasó.

—¡Después de ver la obra, se sale con la certeza de que también hay corruptos en México! —Mi protagonista es universal, es el que se acomoda a las circunstancias y creo que de alguna manera todos lo hacemos; si no, sería imposible vivir.

—No vas a los estrenos, no hacés notas para la telev i s i ó n , mucho no parecés acomodarte...
—(Se sonríe) ¡Pero ésas no son circunstancias de vida ni son fundamentales! Es cierto que les dije que "no" a muchas cosas, pero también otras me dijeron que "no" a mí. Por ejemplo, a mí me costó mucho renunciar a Cremona (N de R: iba a interpretar esta obra de Armando Discépolo en el teatro Cervantes), pero sentí que tanto ensayo y no poder estrenar por razones gremiales era terrible.

Respeto a los sindicatos, pero no me dejaban ni siquiera llevarla de gira. Seguir cobrando sin trabajar no me gustaba y por eso renuncié. Después dirigí Alta en el cielo, de Nelly Fernández Tiscornia, en San Juan, como parte del Plan Federal del mismo Cervantes. Siempre me ofrecen obras, pero aún no encontré la que me convenza.

—¿Preferís d i r i g i r a actuar? —No, me gusta mucho más actuar. Antes que se fuera, Kive Staiff me invitó a hacer otro espectáculo, Democracia, pero no sé muy bien por qué no hago más teatro. Creo que me tientan pocos textos. En Filosofía de vida me tentó el volver a actuar junto a Alfredo.

—¿Cómo hiciste para que la televisión no te destruyera? —¡Porque tengo mucha suerte! Tengo que reconocer que la causalidad existe, pero tanto como la buena fortuna. A mí me llamaron para hacer tres capítulos en El amor tiene cara de mujer y me quedé a vivir en el canal. Y eso me dio la posibilidad de hacer en televisión Romeo y Julieta, Otelo, La soga o la primera miniserie: Cumbres borrascosas. Pero sin esa notoriedad no me hubiera convocado Leonardo Favio para hacer Juan Moreira. Una vez, haciendo Francisco de Asís en el San Martín, en el elenco estaba su esposa (María Vaner), él me vio en un ensayo y me dijo: "Algún día vamos a hacer algo grande juntos". La fortuna juega, que haya estado preparado es la causalidad.

Siempre se lo decía a mi hijo Facundo: estáte preparado para lo más grande o para lo más pequeño.

—¿Abandonó la actuación? —Sí, hoy está viviendo en San Martín de los Andes. No sé qué le pasó, pero creo que lo que a mí no me molestaba, la comparación con mi padre (Miguel Bebán), por el contrario me daba impulso, brío y fuerza, a él no.

—Trabajaste con muchas actrices: ¿alguna pendiente? — (Piensa) Con Norma Aleandro hice algunos programas de televisión pero me encantaría trabajar con ella en teatro.

—¿Por qué después del éxito de "Juan Moreira" de Favio hiciste tan poco cine? —No soy un actor de cine.

La gente se confunde, hice a lo sumo doce o trece películas.

Tengo que estar muy convencido del libro y de quien me va dirigir. No tengo el feeling que tiene Graciela Borges con la cámara, que vive un romance con el cine y es una seductora.

No es mi caso. Quizás ese tiempo de los sets me saca del centro. Vi dirigir a Luis Buñuel en Viridiana (1961), porque noviaba con la actriz Margarita Lozano e iba a las filmaciones.

Era una maravilla, él hacía la puesta en escena y filmaba como si fuera teatro. Lo recuerdo sentado en un taburete, compaginando con una memoria maravillosa.

—¿No te tentó quedarte a vivir afuera? —Me iba muy bien en España y fueron tres años en Europa.

Regresé por un tiempo y, como mi madre no estaba bien, no quise volver. Recuerdo que hice de Orestes en La Orestíada, de Esquilo y trabajé en el Teatro Romano de Mérida, para cinco mil personas, cuando aplaudían parecía el mar embravecido. Guardo muy buen recuerdo del público español, era muy cálido.

Una vez, filmando con García Berlanga, me mostró una revista de Madrid con este título: "Nadie es profeta en su tierra: Rodolfo Bebán, actor español, triunfa en Argentina".

—¿Qué te subleva de la realidad? —La injusticia, que es todo lo que no se hace para que esté mejor la gente. Es injusto que no haya mayor seguridad, o que haya personas muriendo de hambre o durmiendo en las calles. Es injusto que se evite la justicia, cuando es una broma a la justicia, por lo que ocurrió ayer. (N de R: se había absuelto al doctor Menem). Creo que cuando un hombre o una mujer asumen la primera magistratura, tiene que tener los hombros bien anchos para aguantar lo que venga y si comete un error decirlo, no andar escondiéndose o buscando aliados, como lo que hace mi personaje, el Pato Bermúdez, en Filosofía de vida.

—¿Buscaron tentarte con algún cargo político? —Muchas veces me llamaron para ofrecerme ser intendente de Morón, porque me crié y empecé a hacer teatro allí. Pero no sirvo, hubiera durado 48 horas como mucho.

—¿Los artistas están para tener poder? —Algunos sí, tienen mucha capacidad, incluso tienen más vocación y predisposición para la carrera política que para ser actores.

Exponer las ideas es un arte. Cercano a nuestro tiempo, Ricardo Balbín fue un orador natural, manejaba la improvisación, sus discursos eran alegatos. Tenía claridad de conceptos, sabía de tiempos, pausas, silencios y tonos.

—¿Nunca pensaste en escribir? —No, hablamos de grandes autores, agarrar una lapicera sin condiciones no sirve. Me hubiera gustado ser poeta, pero frente a un Miguel Hernández, Fernando Pessoa o Pablo Neruda, ¿para qué escribir? Hace unos años hice un ciclo para la radio uruguaya con textos de narradores breves y poetas y me encontré con autores maravillosos de toda América latina. Ese proyecto me encantaría poderlo hacer en Argentina.

EN EL NOMBRE DEL PADRE

—Fue inolvidable el Yago que hizo Miguel Bebán (N de R: falleció en 2006) en 0/e/opara la televisión...

—Miguel hizo la versión y también la dirigió. Cuando nos pusimos a leer para ver cómo quedaba el texto, me pidió que hiciera de Otelo y ahí descubrí que iba a hacer ese papel.
El había estudiado en el Conservatorio, pero no lo había terminado, había sido compañero de Fernando Labat, Ernesto Bianco y José María Gutiérrez. Fue un autodidacta. Siempre lo recuerdo con respeto.

Era un hombre de teatro y es lamentable que desaparezcan estos actores de la escena.
—Recuerdo el unipersonal El diario para un loco...

—Esa fue idea mía, yo lo dirigí; pero después, cuando nos peleamos, lo hizo solo. Había visto este cuento de Gogol transformado en teatro en Francia y se lo propuse.

—¿Por qué se peleaban? —Lo hacíamos por cosas sin mucha importancia, discrepábamos en la forma de trabajar. Eran broncas y separaciones de años, lamentablemente, porque me hubiera hecho muy bien tenerlo más al lado, hubiera crecido mucho más. Junto a él crecías o te morías.

—Sabía decir los clásicos...

—Recuerdo que cuando hizo Hamlet tiaba6 ocho meses en la versión junto a Virginia Caplenbat y cuando me convocaron para que hiciera ese papel en el Cervantes le pedí a Emilio Stevanovich tener en cuenta la versión de Miguel. Por eso poco a poco fuimos incorporando los monólogos que él había trabajado muy inteligentemente.

—Le decís Miguel en vez de papá...

—Sí, es cierto.

 

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