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La explotación del hombre por el Estado

25/02/2012 13:18 hs
*Por Agustín Laje. La plusvalía, una de las teorías más conocidas de Karl Marx, refiere al trabajo no remunerado del asalariado.
La plusvalía, una de las teorías más conocidas de Karl Marx –sobre la que se asientan en gran medida los presupuestos de explotación adjudicados al sistema capitalista–, en términos simples refiere al trabajo no remunerado del asalariado.

El filósofo alemán se preguntaba de dónde provenían los beneficios del empresario y concluía que había una porción de lo trabajado por sus hombres ("plusvalor") del que aquel se apropiaba de manera injusta, lo cual generaba una situación de explotación.

La teoría es disparatada por lo simplista, de principio a fin. En efecto, toda producción se origina conjugando los llamados "factores de la producción" (recursos de la naturaleza, capital y trabajo). Sobre el empresario recae la responsabilidad de reunirlos, combinarlos, administrarlos, innovar y arriesgar.

La idea de plusvalía pretende, al contrario, que la cantidad de trabajo es la única causa del valor de cambio de las cosas. Si esto fuese así, una empanada de barro debería costar en el mercado lo mismo que una de carne, por ejemplo. Pero todos sabemos que eso no es cierto y se debe a que no sólo las horas de trabajo determinan el precio de un producto.

No obstante, cabe reconocer que el concepto de plusvalía –en tanto apropiación de porciones del trabajo ajeno– es interesante para el análisis de la Argentina actual.

Si algo ha caracterizado a la gestión kirchnerista desde mayo de 2003 a la fecha, ha sido el paulatino y desmesurado crecimiento del Estado en desmedro de los derechos individuales de sus ciudadanos.

La multiplicación de parasitarios planes sociales, las viandas y servicios de divertimento y ocio "para todos" (financiados con el dinero de quienes no los consumen) y los improductivos emprendimientos que el Estado encara cuando quiere jugar a ser empresario (cuyo déficit, como el de Aerolíneas Argentinas, que pierde dos millones de dólares diarios, lo pagamos entre todos) constituyen algunos ejemplos ilustrativos.

Así como Marx se preguntó de dónde provenían los ingresos del capitalista, resulta ahora interesante preguntarse de dónde provienen los ingresos del "Estado de Bienestar".
En efecto, dado que en esta vida nada es gratis, la obesidad estatal debe financiar de alguna manera tanto su ineficiencia connatural como sus políticas de corte clientelista.

O bien lo hace a través de un sistema tributario que conciba al ciudadano casi como un esclavo y lo despoje en altas proporciones del fruto de su trabajo, o bien emitiendo dinero espurio sin sustento en bienes y servicios, lo que provoca inflación y disminuye el valor real del dinero de las personas, expropiándolas así en forma indirecta.

Lo cierto es que, de una u otra forma, el Estado obeso se financia metiendo la mano en el bolsillo de la gente. Así de simple.

En la Argentina kirchnerista, ambos mecanismos están puestos en marcha: según diferentes investigaciones privadas, la carga impositiva entre impuestos directos e indirectos (sin contar la inflación) va desde el 40 por ciento hasta el 60 por ciento de los ingresos anuales de los ciudadanos.

¿Qué quiere decir esto? Que de 365 días que tiene un año, los argentinos trabajamos entre 146 y 219 días –según el caso– no para nuestro propio provecho, sino por servidumbre.
A ello deberíamos sumar los efectos nocivos de una inflación que va, dependiendo la fuente, desde el 9,5 por ciento en hipótesis de mínima hasta más del 20 por ciento en hipótesis de máxima.

Téngase en cuenta, por si hiciera falta aclararlo, que a quienes afecta en mayor medida la inflación no es a las clases pudientes sino a los sectores de menores ingresos.
A la luz de estos datos de la realidad, es difícil no recordar la plusvalía de Marx y preguntarse en esos mismos términos, aunque invirtiendo su idea: ¿estaremos asistiendo no a la cacareada "explotación del hombre por el hombre" sino a la explotación del hombre por el Estado?
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