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Leonardo Fariña y los peligros de jugar con fuego – Segunda parte

17/01/2012 01:22 hs
Hoy la segunda parte de esta increible historia. Por Jorge Boimvaser.

Quien haya visto La Gran Estafa o cualquier tanque similar de esos que produce Hollywood, tiene presente que los personajes que intervienen en esas..¿fantasías? nunca llegan a codearse en el reino de los poderosos andando en subte, bondi o bicicleta. Las películas los muestran de entrada luciendo autos de alta gama, porque una vez más –en el cine- el arte imita a la vida.

 

El universo de los delitos complejos, recuérdese los dos grandes golpes botequeros (Banco Río de Acassuso y el Provincia de Belgrano),  requiere una tríade de elementos indispensables: Excelente información, inteligencia para armar el golpe y bastante dinero para organizar la logística del delito. Quien no reúne esa cualidad, no puede ser más que un arrebatador callejero, un  punguista de subte o un simple motochorro.

 

Ya sabiendo estos detalles elementales, vamos al fondo de la historia. Leonardo Fariña llegó a la "cueva" montada en restó de la calle Juana Manso en Puerto Madero con las monedas justas en el bolsillo pero con su labia intacta. Al pibe no lo amedrentaba pasar necesidades y privaciones, su ambición desmedida por salir de ese estado social (obvio, sin tener que laburar como el común de los mortales), lo llevó a apostar fuerte en un mundo para él desconocido (lo cual le agrega una dosis extra de riesgo mortal para quienes no conocen los códigos de la timba delictiva). Jugó y sigue jugando con fuego-, hasta ahora la suerte está de su lado. Pero como todo en el Universo es circular, hoy se está arriba y mañana se baja, veremos qué se sabe de su vida en un tiempo no demasiado lejano.

 

Los "bads boy" del restó de Puerto Madero tenían una información clave. Un grupo de empresarios poderosos intentaban lavar dinero no declarado realizando inversiones en Uruguay.

 

Un fuerte comercializado inmobiliario de Punta del Este, Alejandro Perazzo Inmobiliaria, tenía en venta un predio de 300 hectáreas en la dorada zona de Laguna Garzón, la zona top en la cual adquirió una chacrita recientemente Susana Giménez. El nombre del campo en venta: El Entrevero.  Valor de una fracción del predio : 4 millones de dólares.

 

Leonardo Fariña tenía que utilizar sus dotes de simpático, entrador e histriónico para llegar a los inversores locales haciéndose pasar por un presta nombres confiables.

 

Entonces sus descubridores de Puerto Madero pusieron a su disposición un suntuoso garaje de autos importados para que fuera a cada reunión en un vehículo diferente, obvio, todos de alta gama y con papeles en orden. Tenía que impresionar a sus nuevos interlocutores y lo consiguió con creces.

 

Como en aquellas películas del Lejano Oeste, donde se levanta un pueblo con maquetas dibujadas sobre cartón, Leonardo fariña construyó una imagen de pibe poderoso sobre la maqueta de los autos prestados.

 

¿Cuál era su linaje para justificar tan joven esa ostentación?

 

Jugó con ellos –con los millonarios a los que habría de representar- una carta temeraria. Tan joven y sin antecedentes familiares que describieran su origen aristocrático, había que tener una excusa creíble. Y de su boca salió la mentira que después corrió de boca en boca por el mundillo político y farandulero: Se hizo pasar por hijo extramatrimonial de Néstor Kirchner. El ex Presidente ya había fallecido y a nadie se le podía ocurrir indagar en la intimidad de Cristina Fernández para conocer la posible veracidad de la versión dada por el propio Fariña.  Fariña lo contaba casi como un secreto de esos "por favor, que nadie se entere, que no salga de este círculo".

En Casa de Gobierno habían despedido de mala manera a la anterior secretaria de Kirchner, Miriam Quiroga,  y el horno no estaba para hacer bollos ni consultas fuera de lugar. De hecho, Miriam Quiroga tenía su familia constituída y jamás se pensaba que ella hubiera podido ser la madre de Fariña.

 

En ese mundillo sutil donde no todo lo que reluce es oro, lo último que puede hacer alguien precavido es preguntar.

 

Leonardo Fariña decía haber recibido una suma de dinero con la que su modo de vida le justificaba andar en autos de alta gama y tener además solventes contactos en el campo de las inversiones inmobiliarias en lo más top del Punta del Este.

 

Fue aceptado en esa comunidad de inversores y se dio a la tarea de adquirir el campo El Entrevero en nombre de terceras personas y con toda la parafernalia de contradocumentos que se establecen en estos casos.

 

Cruzó un par de veces el Río de la Plata, siempre acompañado –a la distancia- con algunos de quienes le habían descubierto su capacidad de comediante en las grandes ligas de los homónimos de La Gran Estafa.

 

Sus dos destinos principales fueron el comercializador de El Entrevero (Alejandro Perazzo),  y una escribanía dedicada a los negocios de alto vuelo en el Uruguay: Escribanía Pitaluga.

 

Leonardo Fariña les dijo que representaba un grupo inversor argentino, que estaban dispuestos a adquirir el predio en 4 millones de dólares, pero que en los papeles debía figurar una cifra mayor: 14 millones de dólares.

 

Hasta ahí todo parecía normal en ambas orillas del Río de la Plata. Ya se sabe que en estos negocios nadie anda con millones de dólares bajo el brazo. Hay giros y transferencias bancarias y cuentas nuevas y viejas que mueven esas fabulosas cifras que nunca pasan por la Aduana donde están los perritos rastreadores de dólares de la AFIP.

 

Pero las mezquindades del alma humana tampoco faltaron en esta historia.

 

Y fue precisamente por esas mezquindades que saltó la bomba de escándalos en cadena que pusieron la figura de Leonardo Fariña en boca de todos. Los detalles que continuaron después los relataremos en nuestra próxima entrega.

 

Aún la sangre no llegó al río.  "Por ahora, solo por ahora.."  como relata el amigo Marcelo Araujo.

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