domingo 21, enero 2018 | Actualizado 19:39
Usuario
Bienvenido
T 20°C H 68%

La voraz y maldita historia de "Banana" Espiasse el asesino más brutal del país ahora detenido

23/12/2017 07:46 hs
Estuvo prófugo y fue atrapado en Mendoza, en medio de un operativo de control de tránsito.

Nadie los vio cavar como topos desesperados. Ni llenar las ollas con tierra y escombros. Ni disimular esa trinchera para que el enemigo, cercano, acechante y casi oculto, la ignorara. Nadie los vio atravesar el primer agujero. Ni salir por ese túnel, uno por uno, en silencio, conteniendo una felicidad que podía convertirse, de un segundo a otro, en drama de pelotón de fusilamiento. Nadie los vio correr casi 80 metros para superar cuatro alambrados. Ni emerger en la calle, sucios, llenos de polvo y barro, como si el peligro se les hubiera impregnado en la ropa.

 

Esos 13 hombres parecían soldados que volvían de una guerra. Pero atrás no quedaba ningún ejército derrotado, sino una mole que alberga a 2700 presos: la cárcel de Ezeiza.

 

La noche borrosa del 7 de agosto de 2013, esos hombres volvían a recuperar la libertad. Emergieron de las entrañas del penal como recién nacidos. Desde entonces no volvieron a verse, aunque guardan una especie de secreto de honor que los unirá por siempre, como un grito guerrero: escaparse es, también, estar dispuesto a morir.


Ese día, cada uno siguió su rumbo, como si el destino de cada uno de ellos hubiese estado escrito. Uno de los asaltantes murió en un tiroteo. Otro fue recapturado después de pedir una pizza y un tercero tras robar un banco.

 

El que hasta ayer seguía prófugo era el que tenía perfil más bajo. Uno de los profugoideólogos de la fuga: Martín Alejandro Espiasse Pugh, alias El Banana. Lo detuvieron hoy en Maipú, Mendoza, cuando iba en un auto. Llevaba tres armas (calibre 9, 22 y 45) y cuatro patentes falsas. Su identidad también lo era. No se saben más detalles de su captura.

 

En la foto de prontuario, el "Pico de Pájaro"-40 años, nariz torcida hacia la derecha, mirada esquiva y cuerpo musculoso, cicatriz en la cara, como Scarface- aparece con cara de malo. Su ferocidad no es una pose. Sobre su oscura leyenda pesa una condenaron a perpetua por matar a dos policías, además se sospecha que asesinó a su esposa y fue uno de los líderes de la huida del Complejo Penitenciario Federal Número 1 de Ezeiza.

 

Ladrón de bancos y pirata del asfalto, durante sus días de prófugo se cree que robó con una banda 11 millones de dólares en Chile. Con las caídas de Ibar Esteban Pérez Corradi y del Ruso Alberto Lorhman, Espiasse Pugh alcanzó un privilegio para todo ladrón fugitivo que cotiza para los cazarecompensas: era el prófugo más buscado de la Argentina.

 

El Ministerio de Justicia de la Nación ofrecía 500.000 pesos de recompensa para quien ayudara a detener al pistolero. Hoy, Espiasse, le cedió el lugar a otro canalla.

 

La fuga causó la renuncia del director del Servicio Penitenciario Bonaerense, Víctor Hortel. Se cree que los presos contaron con la complicidad de los guardiacárceles. La fuga de Espiasse generó preocupación en las autoridades por su alta peligrosidad. "Estamos convencidos de que anduvo haciendo de las suyas", confió una fuente policial. Hoy celebran su captura: "Hay un asesino menos en la calle".

 

"Es un chacal", dice un investigador. "Es un delincuente sanguinario que mata a sangre fría", asegura una fuente penitenciaria.


La fuga aún mantiene zonas oscuras. Lo que se sabe es que los detenidos se fueron por la celda 22 del sector B del módulo 3. Salieron por un boquete de 40 centímetros por 22, a través de un pozo de un metro de profundidad que conectaba con un túnel de tres metros. Se sospecha que la fuga fue planeada por Espiasse y otros tres compañeros. El resto se sumó al ver un agujero en la celda.

 

Los investigadores siempre sospecharon que detrás de la fuga hubo connivencia penitenciaria. El guardia que debía vigilar los pabellones (ubicado en una pecera con monitores), jura que no advirtió los movimientos de los fugados.

 

Tres de los fugados que fueron recapturados, José Durán, Claudio "Pájaro" Ortiz y Cristian Espínola, confirmaron esa versión. "Como mis compañeros no salían de la celda y nosotros estábamos en el pabellón, los fuimos a buscar. Entramos y vimos el agujeron. Nos mandamos y seguimos las huellas", declaró Durán.

 

Ladrón de familia

 

En el mundo del hampa hay una especie de tradición no escrita: los hijos de algunos ladrones se convierten en ladrones. En ese sentido se parece a lo que ocurre con las familias de artistas de circo: los padres les trasladan el oficio a hijos, sobrinos y nietos. Ese era el caso de Espiasse Pugh. Había nacido en una familia de malandras. Su abuelo, su padre y su tío eran pistoleros. Sus dos hermanos y sus primos también siguieron esos pasos por las calles de tierra del barrio Tiro Federal de Rawson. Hasta su hermana estuvo detenida: era una mechera experta.

 

-No me quedó otra, nací rodeado -solía decir en broma Espiasse cuando contaba sus inicios en el delito. También recordaba que de chico, su padre solía irse varios días de su casa y regresaba cambiado. Como esos marineros que vuelven con la piel curtida, el cansancio y la melancolía instalados en la mirada y el olor impregnado en la ropa y en la piel.

 

A veces se iba vestido con traje y un bolso, como si fuera un viajante que va de pueblo en pueblo ofreciendo planchas, aspiradoras o batidoras.

 

Cuando Martín, el mayor de los hermanos, cumplió 15 años, su padre le regaló un revólver calibre 22. Fue una especie de bendición delincuencial que acompaño con más gestos que palabras. Le enseñó a sostener el arma, a cargarla y le dio un abrazo.

 

-Bienvenido -le dijo su padre.

 

-¿Cuándo arranco? -quiso saber Martín.

 

-Primero festejá tu cumpleaños. Y no le cuentes nada a tus hermanos. A ellos ya les va a llegar la hora.

 

Con el tiempo, los Espiasse se convirtieron en una especie de Pyme delictiva. Robaron casas, autos, fábricas, camiones. Dejaron Trelew y se mudaron a Neuquen. A los 19 años, Espiasse ya había cometido más de 20 delitos y tenía alojada en la pierna la bala de un FAL. Nunca quiso contar si esa bala salió del fuego policial o de un banda rival.

 

Espiasse siempre fue discreto

 

Sus hermanos, en cambio, terminaron presos por el robo a una distribuidora. El del medio fue a Olmos, el más chico -de 16 años- al Hogar de Menores Suyai de Neuquén. La madrugada del 6 de febrero de 1998, Espiasse y tres cómplices armados y encapuchados, coparon en un operativo comando el instituto de menores para rescatar a su hermano, después de apuntarles con sus armas y atar a un sereno y a cuatro guardias y encerrarlos con llave en una habitación del lugar. Luego recorrieron las celdas hasta que encontraron al hermano de Espiasse. Cinco internos se plegaron a la fuga. Dos menores quisieron evitarla, pero la banda les dieron una paliza. El instituto quedó con las puertas abiertas, pero los internos no escaparon: incluso abrieron la puerta para liberar a los guardias, pero ya era tarde: Espiasse y los suyos ya habían huido.

 

El Banana comenzó a usar una falsa identidad: Eduardo Fuentes. Su fachada fue dedicarse a la compra y venta de armas, pero al mismo tiempo planeaba robos. Y los cometía. La mayoría eran entregas: financieras, fábricas y casas.


Su vida venía sin sobresaltos hasta que dos hechos estuvieron a punto de derrumbarlo. Su hermano, al que había rescatado del instituto de menores, murió baleado por un abogado al que había intentado asaltar. El casi corre la misma suerte: una bala Magnun 357 le atravesó el cuerpo y se le alojó cerca de la columna. Nunca quiso hablar de ese episodio, un presunto ajuste de cuentas. Hay ladrones que hablan menos que sus armas.

 

En su vida hay varios enigmas. Ese es uno. El otro tiene que ver con la misteriosa muerte de su padre, quien apareció flotando en un río, dos días después de que saliera de su casa para pagar una deuda. Pero Espiasse no se caracteriza por pensar o analizar. Lo suyo es la acción.

 

La bomba y el boquete

 

La historia carcelaria del Banana es como la de cualquier otro preso institucionalizado: cada tanto -si lo dejaban en medio de la aplastante burocracia penitenciaria- iba al taller de artesanías o al de carpintería, debía conformarse con comer las sobras que le daban (guiso o fideos en invierno y algo de carne en verano) y salía al patio cuatro horas por día. En diez años pasó por ocho penales, entre ellos la Unidad 5 de Mercedes, la 9 de La Plata, la 18 de Bahía Blanca, la 18 de Gorina, la 24 de Florencio Varela, y Ezeiza.

 

"La fuga es una idea fija que tengo en mi cabeza, supongo que la mayoría la tenemos, incluso los que nunca robaron ni mataron", dijo una vez Espiasse a un compañero de pabellón. Fue de la cárcel de Bahía Blanca donde estuvo a punto de fugarse: mientras sus compañeros jugaban el fútbol en un patio, puso cuatro bombas caseras sobre el muro del penal. Pero sólo una explotó y no pudo hacer el boquete.

 

Más allá de que por peligrosidad y audacia quizá no tendría nada que envidiarle, Espiasse nunca buscó ser una leyenda como "El Pibe Cabeza", el célebre líder criminal de la década del 30, que creció en un ambiente pobre, coleccionaba las noticias de sus golpes y después de armar su banda robaba botines millonarios y mataba policías.

 

En los pabellones se dedicaba a oír, no a contar. Aunque parece que la historia de un preso es como la de todos los presos, cada historia es única. A Espiasse le gustaba cebar mate y escuchar las anécdotas de sus compañeros. Miraba asombrado al narco que cargaba con cuatro muertes y decía extrañar a su pitón, a la que alimentaba con ratones.


Conoció a Ricardo Barreda, el famoso femicida que el 15 de noviembre de 1992 mató a su esposa, su suegra y sus dos hijas en La Plata. Fue testigo del día en que Barreda lavaba una camisa y unos calzonzillos en un piletón del patio de la cárcel de Olmos. "De arriba, uno le gritó: Conchita, ¿cómo anda su familia? Barreda lo miró con odio".


Pero siempre recordaba las palabras que escuchó en boca de Hugo Sosa Aguirre, alas Cacho Sosa o "La Garza", una frase que lo marcó: "Sé cuál es el olor de la muerte. Es más, la sentí. Me pasó por las narices. Una vez, un balazo me volteó feo. Estaba en un auto. A diferencia de Sueiro, no vi el túnel ni la luz. Era todo negro. Una bala y ¡pum! Fue un día malo. Las viví todas. Tuve para dormir en la habitación más cara del Sheraton y terminé durmiendo en un fitito abajo del puente".

 

El líder de la Triple Fuga de la cárcel de General Alvear, Martín Lanatta, condenado a perpetua por el Triple Crimen de la Efedrina cometido el 8 de agosto de 2007, conoció a Espiasse en Ezeiza, en 2012, poco antes de la fuga. Lo recuerda como un hombre parco pero solidario.

 

"Siempre estaba para dar una mano. Era un muchacho introvertido, pero te escuchaba. Se la pasaba haciendo fierros. Tenía brazos de fisicoculturista"

 

"El Narigón era un tipo piola. Creo que le cargaron muertes para dejarlo engarronado. Un compañero mío que se fugó me dijo que pusieron una bocha de guita para fugarse. Era del botín de un robo al banco", dice Leonardo Mercado Impa, uno de los líderes de la banda del millón. Ese grupo criminal robó un banco y antes de caer en un tiroteo con el Grupo Halcón mandaron a la prensa videos caseros en los que amenazan a la Policía con armas, máscaras y uniformes de la Federal.

 

A sangre fría

 

El 15 de julio de 2007, Espiasse y el resto de la banda despertaron al amanecer. Repasaron con rigurosidad cada detalle del plan. Ya habían robado con éxito dos blindados. Habían estudiado el croquis hasta aprenderlo de memoria. Tenían el dato preciso. Los movimientos debían ser milimétricos. Nada podía fallar. Un error significaba morir. Y para eso debían matar. A sangre fría. En el mejor de los casos, el fracaso les costaría la libertad. Todo debía darse en tres minutos. Un segundo más podía ser trágico. Bajo un sol tibio 11 hombres, armados con fusiles FAL, ametralladoras y escopetas Itacas, se subieron en cuatro autos con chalecos antibalas. También llevaban capuchas negras.

 

Se dirigieron al Banco de Chubut, a ocho cuadras de la Gobernación. El objetivo les quitaba el sueño: los millones que trasladaba un camión de caudales y que iban a depositarse en los cajeros del Ministerio de Economía de esa provincia.

 

Un grupo esperó en la calle y otro en el estacionamiento del Ministerio, donde sin mediar palabra dos de los delincuentes mataron a tiros a los dos policías que custodiaban al camión desde un patrullero. Como uno de los uniformados seguía con vida, uno de los pistoleros se agachó al piso, le corrió el chaleco antibalas y lo remató.


Irrumpieron otros dos policías y se inició un tiroteo. Algunas balas rompieron los vidrios de la escuela y de una de las oficinas del Ministerio.

 

Los policías asesinados fueron el suboficial Apolinario Cruzado, de 50 años, y el sargento primero Pablo Andrés Rearte, de 36.

 

Mario Rearte, el hermano de una de las víctimas, también es policía. "En un momento pensé en cobrar venganza, pero fue algo fugaz. El tiempo me enseñó a entender un poco las cosas. Espiasse mata porque no puede parar. Nació en una familia violenta y no le enseñaron a querer", dice Rearte. Además cree que el prófugo contó con ayuda del poder. "No puede ser que alguien tan peligroso se la haya pasado matando y fugando. Me pregunté muchas veces quiénes lo protegieron, qué político estuvo detrás de esto. Que lo hayan atrapado es una noticia feliz. Pensé que ni lo estaban buscando y que nunca iba a caer".

 

Meses antes de ese doble crimen, Espiasse fue acusado por el asesinato del policía Gabriel Jara en Neuquén capital, pero la acusación se cayó por falta de pruebas y el reconocimiento fotográfico al que fue sometido el pistolero fue anulado.

 

Espiasse pasó a ser perseguido por decenas de policías. Cambió su identidad. Pasó a llamarse Matías Nicolás Lago González. La clandestinidad lo convirtió en otro hombre, más hermitaño y desconfiado. Como si el peligro acechante le fuera dictando lo que debía hacer para no transformarse en un hombre muerto. No dormir más de noches seguidas en el mismo lugar.


Cambiar de aspecto. No ostentar. No hacer llamadas. Tener protección. Y si no se la tiene, buscarla. No confiar en casi nadie. No estar cerca de la familia. Olvidarse de los cumpleaños de los hijos, los padres y de la esposa. Los días del prófugo parecieran durar más que los días de cualquier otro hombre. Se huele la traición como si fuera el aroma que emana un limonero.

 

Su mayor temor era que lo matara la Policía y cerrara el asunto como un enfrentamiento.

 

En 2010, en Mendoza, donde se radicó para seguir cometiendo más robos, entre ellos un depósito de camperas, Espiasse volvió a ser internado. Estaba preso, pero en una pelea en un pabellón terminó apuñalado. Pero en el Hospital Central de Mendoza no llegó a estar más de dos días: salió corriendo con las esposas puestas y el suero colgando de su brazo izquierdo. Dos policías lo siguieron por la calle, pero para no ser atrapado, Espiasse se tiró al canal Guaymallén, que estaba con poca agua. No murió de milagro: lo sacaron en camilla y atado, con el rostro ensangrentado.


Lo trasladaron al hospital otra vez, y a los pocos días fue llevado al penal Almafuerte. Al final fue trasladado a Ezeiza. Allí tuvo buen comportamiento y hasta participó de un taller de periodismo.

Se sospecha que el 3 de marzo de 2015, Pugh robó junto a otros seis delincuentes 11 millones de dólares de un camión blindado que estaba en el sector de cargas del aeropuerto internacional de Chile, en lo que se considera el mayor robo de la historia de ese país. En la huida, tiraron clavos tipo "miguelito" para evitar que los persiguieran.

 

El 30 de agosto de este año, los investigadores habían encontrado un motivo para reiniciar la búsqueda: el hijo de Espiasse, Martín Alejandro Aguirre, de 20 años, fue asesinado durante una pelea en una cárcel de Bahía Blanca. El atacante le clavó un fierro en el pecho. Frente a la sala velatoria se ubicaron dos infiltrados de la Policía. Pero Espiasse no fue a despedir a su hijo.

 

Del prófugo número 1 del país no se sabía nada. Desde que los afiches en blanco y negro con su cara de más buscado de la Argentina aparecieron pegados en las paredes de las comisarías y en los portales de las policías del país, las versiones sobre su paradero eran tantas que abrumaban: la mayoría fueron mitos. Se dijo que usaba diez identidades, que se operó su nariz prominente, que dormía con una metralleta debajo de la cama y con una pistola debajo de la almohada, que estaba dispuesto a todo porque no tenía nada que perder. Que no quería terminar en una tumba maldita, como su padre, su hermano y su hijo.

 

Espiasse forma parte de la salvaje raza de los que saben la imposibilidad de sortear ciertos destinos. Espiasse, que al final cayó hoy, busca evitar el suyo. No quiere ser hombre muerto.

 

(Fuente Infobae)

TAGS
narigon espiasse,
Enviá tu comentario
Seguí leyendo...