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La espectacular travesía de dos argentinos que llegaron a Machu Picchu a bordo de un Torino

21/09/2017 11:39 hs
Lía Camps y Héctor Argiró concretaron la última parte de su aventura y llegaron al emblemático lugar del Imperio Inca.

Por Yamila El Hasi

@yamilaelhasi

yelhasi@diarioveloz.com


Lía Camps es periodista y luego de haber recorrido por su cuenta América Latina, un amigo la contactó con Hector Argiró, el dueño de Balboa, un Torino del '69. Estuvo un mes viviendo en una isla del caribe con los nativos. "Trabajé en un boliche en la playa en Mancora", cuenta orgullosa.


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"Me hice amigos en Colombia haciendo voluntariado. Bueno, un poco de todo ¡je!", agrega Lía. Pero ahora le quiero preguntar sobre su viaje a Machu Picchu. Cómo fue esa segunda parte, la de la llegada propiamente dicha.


Lía narra el tránsito en este capítulo de la travesía que cambiaría su vida: "Todo cambió en 150 kilómetros. Atrás quedaron aquellas montañas rojizas, la aridez del paisaje y el clima seco que agrietaba los labios. Atrás quedó el Valle Sagrado luego de la última parada, en Ollantaytambo (Un paradisíaco lugar con agua turquesa).


La ruta nos esperó con el sol como testigo y hasta nos incentivó a quitarnos todo tipo de abrigo. Mate en mano y rock de fondo parecían el complemento perfecto para encarar las primeras curvas del camino.


El ascenso comenzó y Héctor guió a Balboa por un sendero tan desafiante como atractivo. Y es que el paisaje era cada vez más admirable, tanto como tornear el volante del Torino por ese sendero.

Me puse la campera, cerré la ventanilla, y a los 15 minutos el cartel de Abra de Málaga confirmó que habíamos alcanzado los 4300 metros sobre el nivel del mar. El frío se hizo sentir. El agua empezó a amenazar y las primeras gotas tomaron protagonismo.


La humedad se apoderó del terreno. Desde lo alto fui testigo de una vegetación abundante que vestía el paisaje a nuestros ojos. Balboa descendía".


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La periodista continúa con entusiasmo: "Me saqué la campera, bajé la ventanilla y supe que estábamos cerca. También lo sabían los policías que nos detuvieron en el camino para revisar la documentación. También lo sabía el sol, que nos esperó a que nos instalemos para desaparecer.

'El auto no puede dormir afuera. Es la condición que tengo para mi viaje', comentó Héctor y emprendimos una misión que parecía imposible: encontrar cochera en Santa Teresa".


"'Aquí nadie utiliza cochera. Pueden dejar el auto en la calle y no va a pasar nada', nos advertían pero no era suficiente. Después de varias vueltas a la ciudad, encontramos un camping que nos permitió estacionar al 'Toro'."


Con la tranquilidad de haber dejado a Balboa descansando, encontramos hospedaje para nuestra segunda noche del viaje. Listos para emprender el camino más esperado: Machu Picchu."


Última parada


Héctor y Lía debieron dejar a Balboa para recorrer el último tramo a pie, en un recorrido que llevaría tres en lugar de las dos que habían creído. Pero todo valdría la pena:


"Tuvimos que dejar a Balboa en Santa Teresa para encarar nuestro último trayecto, y quizás, el más difícil. Luego de muchas vueltas y más preguntas, conseguimos un camping que lo hospedó al Torino y ahí nos esperó. Ahora el esfuerzo lo teníamos que hacer nosotros. Tracción a sangre fue el último tramo, y quizás, el más difícil. Después de un taxi hasta la "Hidroeléctrica" comenzó nuestra caminata.

Las vías del tren nos guiaron hasta Aguas Calientes, donde compramos las entradas a nuestro destino: ¡Machu Picchu! Estábamos cada vez más cerca. Sólo restaba una hora de ascenso por unas escaleras que, por momentos, parecían interminables."


Las ruinas de Machu Picchu están ubicadas a 2430 metros sobre el nivel del mar, lo que hace que el oxigeno no sobre y el camino en ascenso, sea cada vez más dificultoso.


"Los escalones nos advirtieron desde el comienzo que no sería tarea sencilla. Cada paso requería una exigencia extra y el aire comenzaba a ser cada vez más preciado. Pero nada importó cuando llegamos a la cima. La satisfacción de haber llegado ni se comparó con la imponente vista que nos dejó callados", explica Camps.


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Cuando llegaron, ¿qué hicieron?


"Sólo mirar. Eso hicimos. La increíble construcción que los Incas supieron hacer en comunión con la naturaleza. La paz que nos inundó desde el primer momento en que los turistas saciaron su euforia por encontrar la mejor foto. La tranquilidad que las montañas siguen resguardando".


Lia asegura: "No salimos igual. Ya no éramos los mismos que habíamos entrado. Una sensación de armonía nos transformó y la energía se hizo sentir para comenzar nuestro retorno sin siquiera pensar que habíamos despertado a las seis antes de emprender nuestra peregrinación. Bajamos y descansamos en Aguas Calientes para continuar el regreso por las vías del tren y reencontrarnos con el auto.


-¿Estás bien? - Le pregunté a Héctor, pensando que le esperaban cuatro horas más de manejo.


- ¡Obvio! -Me respondió con una sonrisa cómplice- Estoy hecho un 'Toro'".


Lía y Héctor ya se separaron, ella continúa su viaje por los paraísos de América Latina. El junto a su fiel compañero Balboa, siguen ascendiendo manteniendo su objetivo principal, ese que se fijo en noviembre pasado cuando partió desde Ushuaia: llegar a Alaska. 


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