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La niña que sobrevivió al Holocausto encerrada en un ropero durante un año

20/05/2017 08:11 hs
Tenía ocho años. Se escapaba para ver los trenes partir y 70 años después, contó su historia.

Charlotte de Grünberg era una niña belga de tan solo 8 años y no podía jugar, ir a las plazas o correr por las calles. Tampoco podía ir al colegio, aprender, leer o dibujar. No podía. La historia no la dejaba. Tenía 8 años pero no tenía muñecas, juguetes, ni siquiera, amigos. Cuando el nazismo conquistó Europa, arrasó con todo y le sacó hasta la identidad.


"A los quince minutos de haberse producido la ruptura o la partida de un lugar por obligación, uno deja de ser quien es sin lograr llegar a ser otra persona, porque en el transcurso queda uno en nada: la persona se transforma en una no persona", cuenta -aún en medio del dolor- Charlotte a LA NACION. No se olvida. Es imposible, para ella, olvidar esa odisea que la sumergió en un eterno juego de las escondidas en las que el costo de perder era el desprecio, la tortura y la muerte.


"Decidí que nunca más iba a permitir que me humillen de ninguna forma ni si quiera huyendo", sostiene.


Se define a sí misma como "un pequeño pedacito de una historia que duró más de 12 años" entre persecuciones y la destrucción sistemática de la persona judía. "Soy una víctima que habla 70 años después", dice y se toma unos minutos para explicar que aún le cuesta definirse como víctima y que, de alguna manera, carga con culpa por haber sobrevivido. "Dentro de los que no hablamos hasta estas edades avanzadas, todos tenemos la sensación de que no somos merecedores de toda la atención de la gente que sobrevivió a Auschwitz, por ejemplo, porque es el descenso al infierno total, no se puede imaginar algo peor".

 

Ella cree que su dolor hoy está en las lágrimas o el sufrimiento de aquellos niños que están sumergidos en alguna guerra y eso la despierta a contar sus propias vivencias: "Hay niños refugiados que están muriéndose en todo el mundo sin haber recuperado nunca la posibilidad de una vida. Eso da para pensar, salirse de lo que es uno, su propio dolor y su mochila. Las circunstancias actuales invitan a que uno no se olvide de que el otro existe".


En el camino, Charlotte y su familia se despojaron de todo. Ella, por un problema de bizquera, solía llevar el ojo derecho tapado con un parche pero tuvo que dejarlo para no llamar la atención el día en que escapó de su casa ante la convocatoria a su padre a ir a los campos de trabajo forzado, esos "de los que no se regresa".


"Cuando mi padre dijo: 'Nos vamos mañana', no sabíamos qué nos esperaba y nos esperaba que no existíamos más. Habíamos desaparecido", explica la belga que también dejó atrás a su muñeca favorita, Katiushka, sus sueños de la infancia y su apellido: se convirtió -de repente- en la hija menor de los "Wings", una niña con un futuro incierto y con sensaciones que hasta entonces desconocía, como el hambre. Lo único que le daba esperanza era aquella promesa que les hizo su papá antes de que se inicie la huida: "No van a dividir a nuestra familia". Y así fue. "Gracias a él estamos vivos", sostiene.

 

Hoy su lucha se volvió novela y transita las páginas de La niña que miraba los trenes partir (Aguilar), el libro de Ruperto Long basado en su historia, que acaba de editarse.


"Las pesadillas fueron prácticamente mis visitantes diarios: nocturnos o diurnos porque no podíamos distinguir el día de la noche ya que en los lugares donde estábamos no había ventanas... no hubo un día que no oyera el repiqueteo de los zapatos de los soldados", recuerda Charlotte. Ese sonido significaba que estaban cerca y que se avecinaba una redada. Junto a su familia fueron viajando de un lado a otro pero, independientemente del lugar donde estuvieran, el repiqueteo significaba lo mismo. El terror de la tortura era universal.


En medio de la angustia por el recuerdo, Charlotte cuenta: "Me gustaba sentarme a ver los trenes pasar, al principio soñando que me iba de donde estaba... hasta que un día ví brazos saliendo, gritos y hasta llegué a ver a un hombre joven que se logró tirar de un tren a toda velocidad... A los ocho años uno entiende mucho, teníamos claro que la muerte podía ser el final".

 

Sigue su relato: "Entendí que esta gente no podía tener un indiferente más mirando lo que estaba pasado", dice y agrega: "Me di cuenta de que ya lo habían perdido todo y solo les quedaba un poco de esperanza de la mirada interesada y dolorida de alguien que veía eso que estaba pasando. Sentía que era indispensable que yo lo viera, entre otras cosas, para atestiguar en su momento y, por eso, lo hice al final de la guerra". Hoy, Charlotte ya no toma trenes.

 

(Fuente La Nación)

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