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¡Maravilla Martínez! ¿No les da vergüenza?

17/09/2012 07:27 hs
El jovencito, el señor adulto y el abuelo se sentaron frente al televisor el sábado a la noche. Quizás no pertenecían a la misma familia, ni vivieran en la misma ciudad, ni siquiera en el mismo continente. Sólo estaban unidos en un fervor común: ver cómo un hombre golpeaba a otro.
Cristina Wargon
Por Cristina Wargon
Periodista
No compartían la misma religión y hasta me atrevo a asegurar que no creen en la violencia por la violencia misma. Pero allá estuvieron, con un chicle, una cerveza, un vino, un sake o un anís, y nada los hizo más felices que el momento que el relator gritaba; "estamos en el séptimo round, los dos boxeadores sangran". Gente que se dice humanista, gente que se dice cristiana, gente que se dicen judíos o musulmanes, gente que se dice gente; el sábado a la noche "disfrutaron" del mismo espectáculo: ver como dos personas se golpeaban entre sí, "sin odio ni pasión de amor", sólo para que ellos, los espectadores, estuvieran contentos.

Muchos son los mismos que están en contra de la corrida de toros y probablemente en su totalidad abjuren de la violencia inútil, algunos de ellos deben ser personas decentes que cumplen con las leyes, con sus religiones, con el fisco, con sus esposas o amores, con sus hijos, con sus jefes, con sus trabajos, con sus amigos... en una sociedad que nadie termina de entender, pero donde tratamos de deslizarnos con dificultad pero sin estridencias. Llevando como mejor se pueda "el malestar de la cultura".

No quiero detenerme en las burdas seudo defensas de ese seudo deporte, porque la polémica es tan antigua como infructuosa. Me interesa mucho más esa inmensa masa de varones hipnotizada frente a los gladiadores ¿Que habrá pasado allí, en esos corazones inescrutables? ¿Qué clase de coraje que a ellos les falta se exorcizaba en cada puñetazo? El joven: ¿una pena de amor, siempre sangrante, las humillaciones constantes de una sociedad que le promete poco y le da nada? El adulto: ¿sublimaba sus broncas por todas y cada una de las obligaciones que le propina el "ser machos" en esta sociedad donde, entre otras cosas, las mujeres vienen arrasando? El anciano: ¿una falaz evocación de sus años mozos, "ese recuerdo imposible de haber sido", o el furor soterrado contra la injuria de los años?.

Algo flotaba allí, de un coraje  extremo e imposible, y un desdén por ese valor callado, cotidiano y manso que nunca se expresa a trompadas, y sin embargo nos sostiene razonablemente vivos. Triste
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