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La carta de Daniel Malnatti en la que critica a Andy Kusnetzoff y habla de "CQC": "Perdón, Mario"

02/05/2019 15:49 hs
El periodista fue quien le hizo a Pergolini la pregunta sobre los "millonarios" que generó la gran polémica sobre los conflictos del emblemático programa.
El 3 de abril Mario Pergolini se juntó con Daniel Malnatti en TN, y lo que parecía un reencuentro de ex compañeros de Caiga Quien Caiga se convirtió en uno de los escándalos más grandes de este último tiempo, y que sigue vigente hasta hoy. Luego de un mes de ese encuentro todos los protagonistas hablaron. Es más, Pergolini y Andy Kusnetzoff se cruzaron al aire en Intrusos para limar asperezas. Y casi todos los noteros, cronistas y panelistas del emblemático programa que debutó en América en abril de 1995 fueron entrevistados por varios ciclos para hablar de la llamada Guerra de los CQC.

Entre tantas voces y declaraciones, fue Malnatti el que menos había hablado. Justo él, quien con sarcasmos le había preguntado a Mario: "¿Por qué solo vos y Andy son millonarios? Vos, porque sos un genio, un crack, un tipo diferente. Andy, no sé...". Así, terminó arrojando la piedra de un debate televisivo sin fin, y abrió además viejas heridas en el ego de los protagonistas del famoso ciclo televisivo.

Hasta aquí, Malnatti apenas había brindado una breve nota para el ciclo de Jorge Rial, en clave de humor, casi a las corridas, y no lo suficientemente larga ni sincera como para evidenciar lo que en realidad piensa sobre todo lo sucedido. Teleshow se comunicó con el periodista de Telenoche, quien decidió responder a todos los interrogantes planteados con una carta, que tiene como principal destinatario a Mario Pergolini. Pero también habla del resto de los participes del conflicto, en especial de Andy.

A continuación, la carta escrita por Malnatti.

Perdón, Mario

Un poco todo se fue de las manos. Muchos me preguntan: "¿Por qué se armó tanto lío?". No lo sé. Pero que el tema haya dado tanto de qué hablar prueba que no me equivoqué tanto en la pregunta como coincidieron en argumentar Mario y Andy en el programa de Jorge Rial. La inusitada reacción nos dio la pauta de que ocurrió todo lo contrario: la pregunta entró al ángulo y fue golazo. Pero vamos por partes.

Esa noche, mientras Nicolás Wiñazki entrevistaba a Mario Pergolini en TN Central, yo estaba en Telenoche. Mi día laboral estaba por concluir y mientras charlaba -creo que con el analista político Sergio Berensztein- pensaba en silencio acerca de la posibilidad, o no, de tener en casa una milanesa descongelándose en la heladera. Eran las 20:30 y todavía no había almorzado. Segundos más tarde, mientras el sonidista me retiraba el micrófono, saludé con un give me five a un productor de TN que no estaba ahí de casualidad. Quería que me sumara a la entrevista que transcurría dos pisos arriba.

Dudé. No veía a Mario desde hacía 11 años, aproximadamente. Pero además, nunca había tenido relación con él. En los 22 años que nos conocemos nunca nos deseamos feliz cumpleaños. En los 11 años que trabajé bajo sus órdenes, nunca lo vi en otro lugar que no fueran las oficinas de Cuatro Cabezas o los estudios de televisión. No conocí su casa ni él la mía. Nunca hablamos por teléfono. Nunca fuímos a tomar un café, a cenar o almorzar juntos. En ese momento me detuve en ese detalle: nunca habíamos comido juntos. Ya me estaba dando hambre de nuevo.

Casi sin pensarlo -o pensando en otra cosa- nos encaminamos hacia el estudio. Iba a hablar con Mario y él iba a tener que responder. No sabía bien con quién me iba a encontrar, realmente nunca lo supe. Tenía muchas pistas, claro. Pero Mario es un corazón inexpugnable. Un hombre que pone todo su cerebro, todo su encanto, todas sus mentiras y todo su indiscutido talento al servicio de marcar distancia. No tenía nada para decirle, o al menos era lo que yo pensaba.

Llegué al estudio y me quedé esperando. Fue un segundo, porque enseguida Nico le preguntó a Mario si yo me podía sumar a la entrevista. Yo todavía estaba en tránsito, entre la oscuridad del backstage hacia el set brutalmente iluminado, cuando escuché que Mario respondía que sí -que no había problema en que yo me sumara-, al mismo tiempo que lo miré y percibí su cara de disgusto.

Es un lenguaje sutil. Pero conozco esa cara. Entre otros indicadores, tuerce poco el rostro hacia la izquierda, también la boca pero para el otro lado, levanta imperceptiblemente la barbilla y desde los labios tensos deja brotar un poco de su furia. Yo sé que él no tiene interés alguno en dar entrevistas en contextos en los que no tenga todo controlado, como con Luis Majul, por ejemplo. De eso estaba seguro.

Para más datos, el año pasado rechazó la invitación de la producción de TN para participar en Tiene la Palabra, el programa de entrevistas que hacíamos con Luciana Geuna. Con media sonrisa cómplice, toda su simpatía y un textual "ni en pedo" cerró las tratativas a poco de haberlas iniciado. Así que cuando lo saludé con un beso y le tiré un medio abrazo, le dije expresamente: "Dale, decí que somos amigos". Así es la tele, señores: fantasía. De repente estaba frente a esa persona de la cual todos saben su nombre, pero nadie conoce.

Arranqué arriba. Le pregunté por qué iba a los canales a dar entrevistas si en esas mismas ocasiones decía que no le interesaban las entrevistas, la tele, ni la popularidad. Le pregunté cómo abordaba el tema drogas (unos de sus leitmotivs en los 90) con sus hijos. Y le pedí que no nos aburriera otra vez con su speech de charlas TED sobre tecnología y números incomprobables, a lo Pino Solanas.

Su reacción fue bien interesante. Genuina. Habló de la relación con sus hijos. Dijo que pagaría un millón de dólares para recuperar a un amigo (¿se refería a Eduardo de la Puente o a Juan di Natale?). Y tiró un título imbatible. Dijo: "Es duro el dolor de ya no ser". Sin embargo, y a pesar de tanta hondura, en la web sólo rebotó lo de las rencillas internas vintage.

En el medio metí a Andy en la conversación para aflojar el ambiente. Algo de carne para saciar la ansiedad de Mario y comprar barata su complicidad. Andy fue la ofrenda, el chivo emisario, el cordero, que preví que Mario masticaría con delectación y cero culpa. Un bifecito para el león que salió de la jaula de la tele y ahora merodea de aquí para allá, siempre listo y feliz de tirar un tarascón.

Lo que pasó después con Andy fue imprevisible para mí. En particular, cuando varios de sus ex compañeros se dispusieron en fila para recordar lo difícil que fue trabajar a su lado. De eso no tengo la culpa. La cola se hizo larga y desde el más pelado al más peludo de los cronistas salieron a recordarlo. Lo insólito es que muchos de ellos ni siquiera llegaron a compartir tareas con Andy. Lo que no es otra cosa que una prueba cabal de que la onda intensiva de su personalidad atraviesa las fronteras del espacio y el tiempo.

Más tarde, en PH, su programa de Telefe, Andy se mostró decepcionado por no haber recibido las regalías de la venta de CQC al mundo. Me sorprendió su ingenuidad. En la entrevista que dio en TN, Mario explicó claramente que él era rico porque los demás no tenían suficiente interés en serlo. Y no mintió. Yo tampoco creo que esa sea una meta en el plan de vida de Eduardo, por ejemplo. Era claro que solo son dignos de esas monedas quienes puedan desearlas tanto como él. Y eso es mucho. Ni Andy puede tanto.

A veces alguno me pregunta si creo que CQC podría volver en la época actual. Todas estas repercusiones prueban claramente que no. En la actualidad, la literalidad domina la interpretación del lenguaje y si no me creen deténganse dos minutos en las riñas de Twitter. No hay lugar para la ironía, el sarcasmo o hasta un simple doble sentido. Preguntar cómo se siente tener millones en el banco es ser envidioso. Pensar distinto es de canallas.

Pero hay otras mil razones. Tantas como el tiempo que pasó. Hoy CQC sería interpretado como una reunión de golpistas que se la creen mientras fuman cigarrillos marca Phillip Morris y toman whisky marca JB, situaciones que realmente se daban en el vivo del programa, por razones publicitarias. Y si -como excepción- todo esto pudiese ser perdonado, soslayado o tolerado, lo que no pasaría es la misoginia y el machismo que era tan común en los vivos del programa. Eso sí no va a volver.

Escribí ya un montón y casi que me olvido de las disculpas que prometí en el título. Vuelvo a eso, entonces. Es que cuando la entrevista que comento estaba por terminar, yo le agradecí a Mario por la oportunidad laboral que me había dado y por lo bueno que había sido como jefe. Lo primero lo sostengo sinceramente y aprovecho estas líneas para reiterarlo. Pero, acerca de lo de "buen jefe", bueno, permítanme ustedes y Mario pedirles las correspondientes disculpas: he mentido. No hace falta abundar. "En lo de Rial", el propio Mario le confesó a Adrián Pallares que los jefes están para "ser déspotas" con sus empleados. Así que en honor a la brevedad, con esa confesión de parte la prueba queda relevada. Creo que con esto ya todos tenemos más que lo suficiente con las rémoras de un programa del siglo pasado. Y que sea este el más digno final posible de esta crónica de lo no dicho.

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