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La mujer que mandó a matar a su madre y a su hermano ciego por codicia: resuelven el caso

02/02/2019 10:16 hs
En 2017 Hilaria Portal y su hijo Silverio fueron ejecutados en Bolivia. El caso se resolvió esta semana en Argentina.

Eso que ahora iba a terminar con su asesinato, y con el de su mamá y con el de su hermano, había empezado en un momento difuso del pasado del que sólo podían tener memoria aquellos que ya no estaban. Sus padres, y antes los padres de sus padres, habían llegado a esas tierras del sur de Bolivia para instalarse, cuidarlas, enriquecerlas y vivir de ellas sin que nadie se las reconociera. Dos generaciones habían pasado hasta llegar a ese otro capítulo que explicaba lo que parecía inevitable que ocurriera, la distancia enorme entre los extremos de la familia y, después, el despertar fatal de la avaricia.

 

La lucidez de la muerte que llegaba hacía pasar por su cabeza las imágenes de aquellos momentos. No podía verlos, como ya casi no podía ver nada. Genaro Galean Portal (35) tenía lo que se conoce como baja visión -una agudeza visual menor al 30 por ciento- y se le estaba yendo la vida sin siquiera haber podido adivinar los rasgos de quien había decidido quitársela.


Habían hecho una cena especial porque aquel día, el sábado 27 de mayo de 2017, era en Bolivia el Día de la Madre. La de Genaro, Hilaria Portal, tenía 71 años y también tenía problemas visuales, pero por achaques de la edad. Junto a ellos estaba en la casa un hermano de Genaro, Silverio Galean Portal (38), que era ciego. Otro de los hermanos que vivía allí, Ángel Galean Portal (40, también ciego), no había hecho a tiempo para volver de un viaje de negocios a Potosí y faltaba en la mesa.


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La casa estaba en una zona que alguien podría describir como nada, pero que encerraba mucha actividad. A 35 kilómetros de Tarija, en el sector Volcán del Horno de la comunidad de Santa Ana, los Galean Portal tenían desde siempre un terreno de 90 hectáreas lleno de quebradas áridas y piedras variadas. Criaban allí a una decena de vacas, le daban pastoreo a unas cuantas cabras y a algunos otros ejemplares de ganado menudo y sembraban cerca de dos hectáreas. Tenían todo lo que necesitaban menos el título de propiedad.

 

Genaro y Silverio le festejaron el día a Hilaria con una cenita. A las nueve ya estaban en la cama, rodeados de silencio y tranquilidad. Pero la noche no sería toda así.

 

Cerca de la medianoche, los perros empezaron a ladrar con desconfianza. Era el único ruido previsible ante algo imprevisto. Genaro se despertó antes que el resto. Prestó atención y evaluó que podía ser otro animal el que estaba provocando el concierto de ladridos. Quizás alguno se había alejado del rebaño. Quizás alguno se había perdido. Espero un rato, pero como el coro perruno no se tranquilizaba decidió enfrentar la inquietud. Se levantó de la cama, caminó hasta la puerta y la abrió para tratar de adivinar lo que ocurría.

 

No eran animales los que provocaban a los perros. Eran asesinos.

 

Genaro se topó con un destello y un grito.

 

-¡Esto es un atraco!, escuchó. Y, enseguida, un estampido.

 

El balazo le dio en la cara, en el costado izquierdo de la mandíbula, y lo derribó. Parecía muerto, y casi que lo estaba. Quedó consciente, pero inmóvil, lo cual lo condenó a registrar con sus oídos todo lo que siguió. Cada disparo. Y cada grito.

 

Los perros seguían ladrando, señal de que un segundo hombre esperaba afuera. Genaro oyó cómo el que le había disparado iba hacia la habitación de Hilaria y la ejecutaba. Cómo iba hasta la de Silverio y lo fusilaba. Y cómo pasó al cuarto de Ángel para hacer lo mismo, pero tuvo que ahorrarse la bala: el hombre se salvó por su demora en regresar de Potosí.

 

Los asesinos huyeron sin llevarse ni los celulares ni la computadora portátil de Silverio, que lo había ayudado a recibirse de Administrador de Empresas aún con la dificultad de ser no vidente. No, no era un atraco.

 

Había pasado otra cosa.

 

Eso que ahora iba a terminar con su asesinato se había puesto violento hacía unos meses. Pero Genaro no podía ni pensar en eso, paralizado por el balazo recibido y por los que le habían tocado a su mamá y a su hermano. Sabía que su propio crimen estaba por consumarse y sólo podía mover un brazo para evitar ese final. Pero no se entregó. Le llevó horas pero alcanzó su celular. Marcó como pudo, con la nariz según le diría a su hermano Ángel, y logró comunicarse con una prima que vivía en Tarija. Ella sólo escuchó ruidos, pero la insistencia -y conocer las dificultades de los Galean Portal- la llevó a llamar a la Policía para que fuera a ver qué había ocurrido.

 

Eso salvó la vida de Genaro, que fue internado de urgencia en la terapia intensiva del Hospital San Juan de Dios. Su hermano Ángel volvió como pudo a Tarija, a enfrentarse con un velatorio de dos cajones alineados y con la necesidad de reunir una suma imposible para su humildad pero indispensable para pagar las operaciones que debía atravesar Genaro.


En la prensa boliviana se lo empezó a conocer como "El asesinato de los cieguitos" y generó una movilización muy fuerte. Al hospital llegó la directora del Centro Integral para la Persona con Discapacidad (CAID), Lili Morales, quien explicó que necesitaban recolectar dinero para comprar una prótesis para Genaro. "Las instituciones nos hemos puesto de acuerdo porque esta familia está pasando por un dolor impresionante, dos no videntes han sido atacados brutalmente", contó.


"Genaro está con muchos dolores, se está tomando previsión con los calmantes pero esta situación no se puede mantener mucho tiempo, el médico indica que la cirugía tiene que ser en máximo 8 días y necesitamos más de 40.000 bolivianos", contó.


Eran casi 6.000 dólares. Se inició una colecta pública con participación del Instituto Boliviano de la Ceguera, que un par de días más tarde hizo una marcha en Tarija para reclamar justicia. Iglesias, escuelas y todo tipo de organismos se sumaron hasta que lograron reunir el dinero y comprar la prótesis para el rostro de Genaro.

 

Los médicos se la colocaron, acompañados por una custodia policial que buscaba evitar que alguien regresara a terminar eso que lo había llevado hasta allí.


Las sospechas sobre lo que había ocurrido empezaban a hacerse certezas en los investigadores, que esperaban la recuperación de Genaro para interrogarlo y convertir en pruebas lo que su hermano Ángel les venía anticipando: que no estaban ante un doble homicidio sino ante un parricidio y fratricidio.

 

El 15 de junio de aquel 2017, Ángel Galean Portal dio una conferencia de prensa acompañado por referentes de instituciones de no videntes. "Hay avances en la investigación, pero son lentos, según la Policía es un caso muy difícil", explicó. "Lamentablemente se cree que fue algún familiar que se fue hacia la Argentina, existe una posibilidad", apuntó.


Había alguien de su familia que no se había siquiera acercado a Tarija tras el ataque. Alguien con quien se había abierto un conflicto muy fuerte en los meses previos. Era la hija mayor de Hilaria, la hermana de Genaro, Silverio y Ángel: Guadalupe Galean Portal (45).

 

La Justicia primero la citó como testigo. Pero no apareció. Luego la convirtió en sospechosa, cuando Genaro pudo por fin declarar y confirmar que se había tratado de un ataque destinado a matarlos a todos, incluso a Ángel.

 

"Ella no tenía buena relación con mi padre. Siempre fue rebelde", le cuenta hoy Ángel a Clarín. "No le gustaba el campo, no le gustaba vivir en la casa. A los 16 años se fue a vivir a Santa Cruz, después fue para otro lado y en el 97, cuando tenía 23 años, se fue a vivir a la Argentina con un amigo", explica. "Pero siempre volvía. Cuando mi padre enfermó y murió, en 2012, volvió, pero después se fue. Le gustaban los bailes, la diversión, y nunca pensó en la formación", recuerda. "Mis hermanos y yo hemos estudiado a pesar de la discapacidad, porque sabíamos que iba a ser difícil la vida. Pero ella no quiso", apunta.

 

Cada fin de año, Guadalupe volvía a Tarija para su cumpleaños -es el 12 de diciembre- o para pasar las Fiestas. "O cuando se le acababa la plata", dice Ángel. Pero, agrega, en 2016 viajó a Bolivia en junio y con otro objetivo.

 

Ángel cuenta a Clarín que por entonces el Instituto de Reforma Agraria había empezado a ocuparse de regularizar el terreno de su familia. "Queríamos que los registraran a nombre de mi madre y de todos los hermanos. Pero ella no quiso. Se presentó a reclamar los terrenos, diciendo que nosotros teníamos discapacidades y que mi mamá tenía que ir a un asilo", acusa.

 

Según Ángel, "alguien la había hecho creer que la ciudad de Tarija se iba a extender y ella iba a poder lotear y vender las tierras a buen precio, aunque no es así". El conflicto creció y la familia quedó envuelta en cinco audiencias de conciliación, donde no conciliaron nada. "Ella se puso muy agresiva, le quiso pelear a la mamá... Y le dijo a mi hermano que lo iba a matar".

 

En enero de 2017, sin avances en la disputa, Guadalupe se volvió a La Plata, adonde vivía. Su familia no volvió a verla, pero Ángel luego se enteraría de que había regresado a Tarija en abril de 2017. Al mes siguiente fue el ataque.

 

"Yo no creía que podía ser cierto. Cuando fue el ataque, ni vino. 'Mis hermanos me van a culpar de lo que ha ocurrido', dijo por ahí", cuenta Ángel, incrédulo.

 

La Justicia fue más lenta que su desánimo. Esperó el testimonio de Genaro y, a fines de 2017 declaró "rebelde" a Guadalupe. Recién el 5 de octubre de 2018 pidió su captura a Interpol. Así empezó una búsqueda que esta semana condujo a la Policía Federal Argentina hasta la localidad de Etcheverry, en La Plata.

 

A las 14.20 del último miércoles, 30 de enero, la División Investigación Federal de Fugitivos y Extradiciones de la Federal localizó a la sospechosa en calles 235 y 52 y la arrestó, con lo cual el Comando Unificado de Recaptura del Ministerio de Seguridad de la Nación superó los 7.400 prófugos atrapados desde 2016. En los próximos días, Guadalupe Galean Portal será deportada a Bolivia, sospechada de autora intelectual de los crímenes.

 

Ángel aún no pudo ir a notificarse de esto. Está preocupado porque a Genaro se le infectó la prótesis de la cara y se la tuvieron que quitar, por lo que tendrá que esperar un par de meses para que vuelvan a intentar reconstruirle el rostro. "Le ha costado mucho. Además tuvo una lesión en la columna y tiene inmovilidad en parte del cuerpo. Recién ahora está recuperando la movilidad", cuenta. "Yo he sido paciente con la Justicia y ahora estoy agradecido, aunque el que disparó y su cómplice no fueron detenidos. Pero me siento impotente, con rabia. ¿Cómo un hermano puede hacer esto?".

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