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Nostalgias anticipadas del G20

03/12/2018 09:33 hs
Se fue "la bestia" y el último guardaespaldas. Regresa la realidad con su talonario de facturas.
Jorge Asís
Por Jorge Asís
Escritor - Periodista

escribe Carolina Mantegari
Editora Cultural, especial
para JorgeAsísDigital

 

"el triste lunes se asomó,
el sueño al diablo fue a parar".
"Lunes", Tango, 1927. Francisco García Giménez.

 

Bueno, chicos, ya se nos fue la "Bestia". Partió el último guardaespaldas. Otra vez nos quedamos solos.


Las minuciosamente elaboradas lágrimas de Mauricio Macri, El Ángel Exterminador, ya se secaron.
Nos aguarda, altanera, la realidad, con su talonario de facturas.


El "éxito" de armar el G20 venía "llave en mano", según el pensador Fabián Doman. Pero el suceso dista de transformarse en "¡dinero ya!".


Persiste el riesgo previsible de la evaporación.

Como aquellos episodios de los púnicos después de la caída de Cartago.
O como el bar del Hotel Plaza, en La Rioja, agotado el ciclo presidencial de Menem.
"Chango, ¿y te acordás de cuando vino Henry Kissinger?".


O como la rutina reconfortante del Bar Mónaco de Río Gallegos, acabado el kirchnerismo.
"Todos los periodistas se juntaban aquí. Venía hasta Rocamora".


Gol de Kempes


Fueron tres días con la certeza de creer que las potencias dominantes nos tenían en cuenta.
Son nostalgias anticipadas de la Feria del G20.


Podíamos interceder, por intermedio del Ángel, en la guerra comercial entre Estados Unidos y China.

Podíamos abrirnos con inocencia al mundo que paulatinamente se nos cerraba.


Pudo hasta desperdiciarse la clásica majestuosidad del Teatro Colón. Para despachar un show grandiosamente pedorro de danza contemporánea, que se confundía con la gimnasia acrobática.

Con el fondo del prospecto de turismo comercial para el suplemento "Viajes". Pero culminado con la unanimidad del clamor (¡Argentina, Argentina!) que remitía a la gesta Mundial de 1978.
Con el entusiasmo que legitimaba las lágrimas del Ángel.


Como después de aquel gol de Kempes, que legitimaba la euforia del Almirante Cero.

 

Globalifóbicos de utilería


Un G20, sin los duros globalifóbicos, no sirve para nada. Carece de color.


Son los globalifóbicos los que signan el triunfo o el fracaso real de la organización.


Como en las sesiones secretas del Club Bilderberg, que suele convocar a los "amos del mundo". Sin las puteadas populares restan en la intrascendencia.


Aquí se coincide en elogiar la eficaz política de seguridad aplicada por la señora ministra Patricia Bullrich, La Piba.


"Estuvo muy hábil La Bullrich en inventar lo que no existía".


El máximo mérito de La Piba consistió en persuadir, a los melancólicos protestones domésticos, que manifestaran sin gracia, para constar en actas, a 8 kilómetros de "la cumbre".


Comparados con los de Hamburgo, nuestros solemnes globalifóbicos fueron, en realidad, de utilería.


Ni siquiera supieron brindar material impresionante para la televisión mundial. Por suerte, en París, estaban los chalecos amarillos que incendiaban autos y destruían cabezas.

Para insultar a Trump y a Bin Salman, a 8 kilómetros de distancia de las sesiones, hubieran ido a protestar a Avellaneda. O mejor a Lanús, donde resiste un mini-gobernador macrista.


Con la colaboración sustancial de la ministra bondadosa que reparte, la señora Carolina Stanley, La Dama del Pelo Mojado, pudo La Piba conformar a los protestones de cada organización social, de cada grupo esclarecido de la izquierda, con distintos modelos de caramelos y chupetines de madera, ligeramente espolvoreados con azúcar impalpable.

 

Mejor matar esa lágrima


Con la húmeda emoción del final cantado del show pedorro, El Ángel Exterminador supo conmover a su sensible electorado. Hasta el exterminio.


Y se largaron por las redes los trolls de Marquitos, el punto más alto de la comunicación, junto a los vocacionales sinceros, los peores. Desbordaron la web de agradecimientos, orgullos y esperanzas.


Desde aquel beso de la señora Juliana, Sherezade, en aquel debate decisorio con Daniel Scioli, Líder de la Línea Aire y Sol, que no se registraba un hallazgo escenográfico de semejante magnitud romántica.


"Mejor matar esa lágrima" titulaba el sobrio poeta Jorge Ricardo Aulicino.

 

Corresponde entonces la felicitación. Fueron varios los méritos que merecieron el epílogo de gloria.

Primero, ante todo: porque Argentina está "de ojito" en el G20.


De colada organizó la fiesta, de garrón. No merecía figurar siquiera como invitada.


Juega en Primera, la Argentina, gracias a las audacias nunca reconocidas a la dupla Menem-Cavallo.


Por el estado espiritual de la economía raquítica, hoy deberíamos disputar el repechaje, por una plaza en el Nacional B.

 

Lunes, tango


A esta altura, los distraídos opositores, estaban recluidos frente al televisor, en sus territorios. Mientras transcurrían las pompas y los saludos venerables al matrimonio presidencial que los vacunaba.


Hoy deben descontar que el macrismo se dispone a utilizar las postales electorales de la Feria del G20, con el lujo del llanto presidencial incluido, para el relanzamiento político del Tercer Gobierno Radical.


"El mundo, simplemente, acompaña". Los máximos dirigentes le aseguraron al Ángel, que venía en banda,"que estaba en el camino correcto". Que "otro no hay".


"Porque no se debe volver atrás". Y si los inversores, como dice el ministro Dujovne, El Youtuber, no llegan, es porque temen que no prosiga el magnífico gobierno salvador, que despierta deseos universales de solidaridad.


El G20 electoral del Ángel funciona, en cierto modo, como un fenómeno similar al festejo derivado del Bicentenario. En que en 2010 le brindó oxígeno de sobra al kirchnerismo (aunque cinco meses después, Néstor Kirchner, El Furia, iba a cometer el acto desatinado, severamente irresponsable, de morirse).


La Banda Fotográfica de los 4 (Urtubey, Massa, Pichetto, Schiaretti), como La Doctora, Scioli, Solá o Manzur, tendrán que prepararse para la Argentina post G20.


Desde el mismo tango del lunes. Cuando ya se haya ido "la bestia". Y el penúltimo guardaespaldas. Y hasta la temible tanqueta que tranquilizó, durante tres días, a los vecinos de Avenida del Libertador y Montevideo.

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