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Trágico enfrentamiento entre hermanos: la agónica historia de Matías Terrón

28/07/2018 08:30 hs
El 2 de agosto empieza el juicio a los De Luca, acusados de asesinarlo en un robo. El abogado querellante será Emmanuel Terrón.

Ese que nunca deja que andes solo va a estar ahí, viendo si la mano propia le da la justicia que la vida le niega a su familia.

 

Tapado por contratos, acuerdos paritarios y cuestiones comerciales, él jamás pensó quedar en esta situación. Emmanuel Terrón es abogado, pero se especializa en derecho administrativo. O, mejor dicho, se especializaba. Porque ahora debe afrontar como profesional el primer juicio penal de su vida, para poder seguir estando al lado de su hermano. Como siempre.

 

Enfrente tendrá a otra pareja de hermanos.

 

David De Luca tenía, entonces, 31 años. Era soltero, decía ser mecánico y vivía en una casa de la calle Potosí, en Lomas de Zamora. Su hermano, Esteban De Luca, acababa de cumplir los 26, se declaraba desocupado y tenía domicilio en la zona de Longchamps. Entre los dos sumaban varias condenas en suspenso, un par de libertades condicionales y alguna asistida. Compartían una especialidad: el simulacro de fusilamiento a sus víctimas para que entregaran todo.

 

David De Luca había caído preso por primera vez en enero de 2003, a los 18 años, por un intento de homicidio en el cual terminó sobreseído por falta de pruebas en 2004. Al año siguiente lo imputaron por "amenazas" y, enseguida, por intento de robo a mano armada. Por esa causa estuvo detenido hasta enero de 2006, aunque en febrero lo arrestaron por otra tentativa de asalto. En abril de aquel agitado 2006 lo imputaron por encubrimiento y, a continuación, por un asalto consumado.

 

Su hermano Esteban siguió un derrotero similar, con un bautismo también consagrado apenas cumplidos los 18, en julio de 2008, con un asalto y secuestro cometido en banda, por el cual sería condenado en 2012 a 6 años y 8 meses de prisión. En el medio se tomó tiempo, en 2009, para sumar una causa por robo a mano armada.

 

Todo el tiempo que no habían estado presos, habían estado robando. Y en eso mismo andaban aquel 21 de junio de 2016, cuando cerca de las diez de la noche le cruzaron un coche en el camino a un joven que manejaba su Volkswagen Gol Trend gris por la calle De la Serna, en Gerli, Avellaneda. Acompañados por un cómplice, lo amenazaron con armas, se le subieron al auto y le revisaron los documentos hasta que encontraron la dirección de su casa.

 

Hicieron un desastre en carambola.

 

Los hermanos De Luca, su cómplice y el rehén llegaron hasta la casa de la víctima, que en realidad era el departamento 1 de un PH de la calle O'Higgins, en Gerli. Entraron, le robaron dos televisores LED, una computadora portátil y 5.000 pesos. Dejaron al joven atado con cordones de zapatillas y salieron, pero no para escapar sino para meterse en el departamento 2, propiedad de una pareja.


Allí amordazaron a los dueños, les robaron un televisor de 47 pulgadas, otro de 32, una consola de juegos, un reproductor de Blue Ray, 12.500 pesos, 400 dólares, dos celulares y las llaves de su auto, un Corsa Classic gris. Otra vez salieron, pero lejos de intentar huir se metieron en el departamento 3, donde vivía un matrimonio. El botín ahí consistió en dos televisores y un coche, un Fiat Palio rojo.

 

Todo obtenido con la persuasión irresistible de los simulacros de fusilamiento.

 

Activos, impunes y envalentonados, al día siguiente los De Luca volvieron a las calles. Y se toparon con el hermano de Emmanuel Terrón.


Fue el 22 de junio, alrededor de las diez de la noche, en Sarandí. Matías Terrón (31) estaba terminando un largo día, que había comenzado temprano con su trabajo como analista de sistemas en la agencia de publicidad Havas en el Bajo porteño y se había extendido en la facultad, donde estaba terminando la carrera de Licenciado en Administración de Empresas. Se recibía a fin de año, pero en aquel momento no era eso lo que más ocupaba sus pensamientos.

 

El domingo anterior, 19 de junio, había aprovechado el Día del Padre para contarle a Néstor Terrón, su papá, que su apellido iba a alcanzar a otra generación: Jésica, la mujer de Matías, estaba embarazada de seis semanas. Saltaron, lloraron, se abrazaron y festejaron como sólo se festeja cuando se sabe que el mundo va a ser un poco más maravilloso con una vida nueva, única, de la propia sangre. Iba a ser el primer nieto de la familia y eso justificaba cada hora de esfuerzo para pagar el terreno en el barrio privado al que planeaban mudarse en cuanto tuvieran dinero suficiente para dejar el departamento de la avenida Mitre, al lado de la sede de Independiente.

 

A la mamá de Matías se lo contaron de otra forma: como estaba en Europa, la fueron a buscar al aeropuerto y le dieron la noticia en el auto, de regreso a casa, mientras la filmaban en un video que hoy cuesta mirar.


Aquella noche del 22 de junio, Matías llegó en su Fiat Punto hasta la casa de la amiga que le cuidaba los perros mientras él y su mujer trabajaban y estudiaban. Vio venir a la chica y estacionó, sobre la calle Necochea al 1700, mientras ella entraba a buscar a sus mascotas para entregárselas. Pero en la espera pasó lo inesperado.


Cuando la joven regresó a la vereda con los perros, se encontró con que Matías y su auto habían desaparecido.

 

Mientras ella estaba adentro de la casa, los hermanos De Luca lo habían sorprendido. Se le habían subido al coche, lo habían amenazado con un arma y lo habían pasado a otro auto, el Volkswagen Gol Trend gris que habían robado el día anterior. Así lo habían llevado secuestrado hasta el cajero del Banco Galicia que queda en avenida Mitre al 2400, donde lo obligaron a retirar 3.000 pesos. Le robaron las tarjetas, el celular y le revisaron el DNI para obligarlo a llevarlos a su casa.

 

Más de una vez, al hablar de lo que sentía por Jésica, Matías le había dicho a su hermano Emmanuel que era capaz de matar por esa mujer. Ahora, además, estaba embarazada de su primer hijo. No llevaría a sus secuestradores con ella.


Matías dejó que los asaltantes creyeran que la dirección que figuraba en su DNI era la de su hogar. En realidad, era la de la casa donde se había criado, la misma que sus padres habían dejado semi vacía semanas atrás al decidir mudarse a un barrio cerrado en busca de seguridad. Y allí los llevó, a Luis María Campos al 2900, en Sarandí.

 

Nadie sabrá nunca qué pasó adentro.

 

Al ver que Matías no estaba en la calle, la joven que le cuidaba los perros había llamado a Jésica, alarmada. Así se enteró su familia. Néstor, el padre del joven, lo llamó al celular y lo atendió una voz. Pero no era él.

 

-Matías tuvo un accidente. Chocó contra un semáforo, le mintieron.

 

Néstor escuchó, de fondo, un handy policial. El mismo que habían escuchado otras víctimas de los hermanos De Luca. En cuanto empezó a dudar, le cortaron.

 

Nadie sabrá nunca si Matías escuchó el llamado de su padre. Con las manos atadas detrás de la espalda, presionado por los asaltantes en la casa que no era su casa, intentó un último movimiento de desesperación: en un descuido de sus captores, logró salir corriendo a la calle.

 

Apenas si hizo unos 30 metros. Uno de los asaltantes lo siguió hasta la vereda, le apuntó y le disparó por la espalda dos veces con una pistola calibre 40.

 

-¡Ayuda! ¡Me dispararon!, llegó a gritar Matías en el piso.

 

Y se murió.


Los De Luca, junto a por lo menos un cómplice más, escaparon. Condujeron el Fiat de Matías hasta una esquina y lo prendieron fuego, para borrar huellas. Luego, se guardaron unos días.

 

Pero el 5 de julio volvieron a la acción. Sorprendieron a una pareja en su casa de Lomas de Zamora, la encerraron en un baño y le robaron los celulares, 5.000 pesos y las llaves del auto. Sin embargo, un vecino los había visto entrar y la Policía llegó a tiempo. Los De Luca subieron al coche en el que se movían, el Corsa Classic gris que habían robado en Gerli, aceleraron y atropellaron a un oficial de la Bonaerense que se les puso adelante. Enseguida chocaron contra una camioneta que pasaba, por lo que terminaron detenidos.

 

Llevaban, encima, la pistola calibre 40 con la cual habían matado a Matías. En una de sus casas tenían también su celular.


Para Emmanuel Terrón y su familia empezó un camino imposible. "Estabas tan feliz, en una nube, todo era tan especial... Y hoy te sacan de mi vida...", escribió Jésica en Facebook, viuda del padre del hijo que esperaba.

 

Néstor, el papá de Matías y Emmanuel, no llegaría a ver a su primer nieto. Había sobrevivido a casi todo, pero no a la muerte de su hijo. "Había tenido un infarto. Le faltaba medio riñón, había atravesado dos reemplazos de cadera, 14 neumonías y un cáncer de próstata de diez años. Salió de todo, porque tenía unas ganas de vivir terribles", le cuenta Emmanuel a Clarín, aún sin creer del todo tanta desgracia.

 

Pero a los cuatro meses del crimen de Matías, Néstor se murió.


El próximo jueves 2 de agosto empezará en Lomas de Zamora el juicio contra los hermanos De Luca por el asesinato de Matías Terrón y por los otros robos que cometieron en aquellos días. Emmanuel Terrón, que fue uno de los impulsores de la ley de víctimas, estará sentado en el lugar del abogado querellante, ayudado por su colega Marina Pirro. Será algo inédito. "A mí no se me van a escapar", jura.

 

El bebé de Matías nació ocho meses después del asesinato. Se llama Benjamín y es lo único que empuja a los Terrón a seguir adelante.

(Fuente Clarín)

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