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¿Cómo puede Netflix resolver el dilema Kevin Spacey? Inspirándose en Cristina Kirchner

11/11/2017 18:31 hs
El despido de su protagonista no tiene por qué ser el final de "House of Cards": la sórdida historia del kirchnerismo podría ser una gran fuente de inspiración para la serie política.
Por Dardo Gasparre (extraído de Infobae.com)

Bajo el doble impacto de los abusos de Kevin Spacey y la decisión de Netflix de dar por terminada su serie insignia "House of Cards", el martes 7 posteé en mi Twitter: "Una idea para Netflix: hacer morir a Frank y hacer de Claire Underwood una viuda sociópata, mitómana y ladrona que gobierna 8 años más." Apenas 135 caracteres, un chascarrillo y de paso un intento de demostrar que no hacen falta los 240 con que Twitter quiere suicidarse.

48 horas más tarde el tuit tenía 500.000 impresiones, más de 5000 RT, más de 11.000 Likes y 200 insultos explícitos. Además, un cúmulo de sugerencias argumentales todas dignas de ser tenidas en cuenta. Azuzada mi natural inmodestia por tamaña respuesta, tuve el impulso de explayarme en una nota con las reflexiones que el tema merece.

Ya la versión británica de la serie, en los 90, había desnudado los mecanismos de poder de fines de siglo, y si bien aquella "House" se refería a las intrigas en el Parlamento (House of Parliament), exhibía la misma perversidad que esta "House of Cards" americana, que mostró una realidad que no sé si se ha advertido adecuadamente: las series se han convertido en el periodismo del siglo XXI. Sin el trabajo de tener que conseguir un par de fuentes. El streaming las viralizó hasta ser más potentes y convincentes que cualquier noticia.

La ópera prima de Netflix, un boom histórico, fue un upgrade muy importante de su premake: a la corrupción, el asesinato y otros delitos como instrumentos políticos válidos y permitidos, se agregó el cinismo fino de la pareja Underwood y algo más: la impunidad y complicidad de la mirada de Frank, que constantemente busca y encuentra la admiración y aprobación del espectador. Y la emulación. Todos fuimos Frank Underwood. Todas soñaron con ser Claire. El detalle de que se estaba mostrando a dos canallas era eso, un detalle.

Frente al hecho inexorable de que la empresa ha decidido hacer desaparecer a Spacey, (en sentido figurado) también ha decidido hacer desaparecer a Frank. Entonces me pareció que con nuestra proverbial capacidad de atarlo todo con alambre, pero también de ser precursores de tantas ideas geniales, podíamos ofrecer una solución que resolviese la ecuación imposible que permitiese continuar con la serie, pero sin la figura del presidente. Wind to wind.

Imaginemos la escena. Un día cualquiera, luego de una semana de mucho trabajo urdiendo varios complots en Camp Davis, (Kevin-Frank se había ido en secreto con un novio) Claire llega a reunirse con su cómplice - perdón, su marido. Entra directamente a su cuarto, deshace su maleta, se da un baño, se pone una robe larga para tapar las largas piernas de Robin Wright, se sirve un trago y prepara otro para Frank y va a buscarlo. Cuanto entra a su cuarto se ve su cara entre angustiada, asustada y shockeada. Su mano deja los vasos sobre una cómoda (es demasiado fría como para dejarlas caer) y corre hacia una figura envuelta en una bata de seda negra que se esboza en el suelo. A su lado, apenas unas gotas de sangre y una mano aferrada aún al cubrecama, último y vano intento de no desplomarse ante el fulmíneo infarto posviagra.

La escena no es una descripción de compromiso. Está pensada para no tener que mostrar al muerto contractual político, Kevin Spacey, que casi seguro se negará a colaborar en la filmación de su propia doble muerte, como actor y como personaje. Kevin Underwood.

Esto se podría completar con una grandilocuente escena en una sola toma recorriendo el funeral, con el ataúd de Frank, cerrado, por razones obvias. Aunque aquí no querría improvisar. Prefiero sugerir a Netflix la contratación de un guionista que ha estudiado profundamente el tema, el respetado colega Ceferino Reato. De paso, así no sólo Juan José Campanella incursionaría en el mercado de las series americanas.

Una vez asumida la presidencia, lo que le correspondería por su condición de Vice, su primera preocupación sería cómo reelegirse o, mejor dicho, cómo lograr elegirse por dos períodos, de modo de estar 10 años en el poder y no 6, diga lo que dijere la Constitución.

Con un marco mundial en el que el cinismo, la corrupción, la falta de valores y patriotismo, la ambición y la impunidad no sólo parecen ser atributos del poder, sino también de la sociedad que suele considerarlos señal de capacidad política, de viveza, (criolla o no) un triunfo electoral de la señora luego de completar el mandato sería bastante factible, con un buen spin doctor. Y a estar por algunas experiencias piloto realizadas en Argentina, hasta podría ganar con el 54% de los votos.

Tenemos que venir nosotros los argentinos a resolverles los problemas a los yanquis. Lo peor, es que Netflix va a usar la idea sin acordarse de mí. Estoy barajando algunos nombres de abogados exitosos en ese rubro.

Ya preparan el tráiler del primer capítulo de la Sexta Temporada: Robin Wright espléndida, con un elegantísimo tallieur gris de Armani, camisa blanca con cuello abierto con lo justo, un collar de perlas de Tiffani, caro pero sobrio, su pelo color miel como tallado, sus ojos transparentes, sus largas manos con uñas impecables, el último Búlgari en su dedo anular derecho, en el escritorio del Salón Oval rodeada de sus 4 máximos jefes de campaña. Luego de escucharlos, apenas golpea la mesa con suavidad, y con voz fría, acerada, mortal, dice: "We are going for it all".

(Cámara hace zoom-in hasta un primerísimo primer plano. Congela) Relato y subtítulos: "House of Cards", Sexta temporada. El Underwoodism.
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