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Las memorias completas de Nelly Rivas publicadas por primera vez en Argentina

20/08/2017 15:31 hs
60 años después sale a la luz una historia que se mantuvo oculta sobre la "niña amante" de Juan Domingo Perón.
Por Nicolás Gilardi (Extraído de Infobae.com)

Marzo de 1957. Habían pasado 18 meses del golpe que derrocó al gobierno de Juan Domingo Perón. El ex presidente estaba exiliado por entonces en Caracas, uno de los tantos destinos en los que vivió en el extranjero, mientras que la Argentina era gobernada por la autodenominada "Revolución Libertadora". Esta había pasado del "ni vencedores ni vencidos" de Eduardo Lonardi a la rígida proscripción y persecución del peronismo encabezada por el tándem Pedro Eugenio Aramburu- Isaac Rojas. Quien sufrió en carne propia como pocos ese hostigamiento fue Nélida Haydeé Rivas, "Nelly", una chica que con tan solo 14 años mantuvo una relación sentimental con Perón -por entonces de 58-, llegando a convivir con él en la residencia presidencial hasta su caída.

El caso Rivas, que generó todo tipo de rumores en la época, fue uno de los más utilizados por los militares que gobernaron el país en ese entonces para atacar a Perón, a quien le iniciaron, en ausencia, un juicio ante el Tribunal Superior de Honor del Ejército, y un proceso por estupro, este último junto con los padres de Nelly, como cómplices, por haber permitido la relación de la menor con el líder justicialista. Con este argumento, la justicia decidió separar a Nelly de sus padres y enviarla al Asilo San José, una institución donde eran recluidas las prostitutas que eran detenidas por la policía en las calles y en el que "las sábanas sucias y rotas se cambiaban una vez al mes", según palabras de la misma chica.

Mientras todo esto ocurría y Nelly iba del asilo a los tribunales para declarar en los procesos mencionados, se le acercó Joseph Newman, representante para América Latina del New York Herald Tribune y de Editors Press Service Inc., y le ofreció firmar un contrato para publicar sus memorias. Rivas, que por entonces estaba por cumplir 18 años, aceptó y se acordó una publicación en 10 capítulos bajo el título "Mis Relaciones con Perón". Sin embargo, este fue otro golpe para la joven amante de Perón. Según su abogado, Juan Ovidio Zavala, los norteamericanos no cumplieron lo pactado y Nelly jamás vio un peso.

En la Argentina, el diario Clarín adquirió los derechos de las memorias de Nelly Rivas y en su tapa del miércoles 22 de mayo de 1957 anunció la publicación del primer capítulo, con un recuadro ilustrado con el gorro "pochito" que Perón solía usar en esos años. El anuncio de ese primer capítulo, que estaba en la página central, prometía "el relato objetivo de las relaciones del déspota con una colegiala de 14 años" y calificaba al depuesto gobierno peronista como "el periodo más negro de la historia argentina". El testimonio de Nelly, aseguraban, mostraría "la intimidad del ex dictador".

Al día siguiente, jueves 23 de mayo Clarín publicó el segundo capítulo. Pero el viernes 24, cuando llegaba el turno del tercero, el diario anunció que "la alteración del contrato con el editor obliga a Clarín a suspender la publicación de las memorias de Nelly Rivas". En la página central, el matutino dio a conocer el cruce de telegramas con Editor Press de Nueva York por una disputa económica y diferencias de criterio en el contrato. El conflicto no se resolvió y finalmente no pudo publicar el resto de las memorias de Rivas.

Ahora, Infobae accedió al material completo, que ve la luz tras 60 años. Publicado en los Estados Unidos y en otros países, este medio lo da a conocer por primera vez en la Argentina. En esta nota se transcriben los dos primeros capítulos. Luego, habrá una publicación diaria con el resto del material.

Mis amores con Perón.
CAPÍTULO 1

El 19 de septiembre de 1955, tres días después de haberse producido la revolución en la Argentina, el presidente Perón, vestido con su uniforme de general, subió apresuradamente las escaleras de la Residencia Presidencial y al llegar arriba me besó. Había venido solo por unos momentos de la Casa de Gobierno desde donde dirigía las operaciones contra las fuerzas revolucionarias.

Fue un beso como siempre y no me alarmé.

-Hasta luego! me despedí, - Y que tengan suerte!

Esa fue la última vez que ví a Perón.

Aquel día significó el final de toda una época en la vida de la Argentina y también el final de nuestro idilio de casi dos años.

Esta revolución, que estallara tan inesperadamente, echó por tierra el gobierno de Perón; también hizo pedazos mi mundo de sueño, en el que yo, princesa Cenicienta, vivía feliz con el Primer Príncipe del Reino.

Tenía catorce años cuando nos conocimos y dieciseis cuando nos separamos. Pocas chicas habrán vivido dos años más extraordinarios ni tampoco dos tan dolorosos como los que los siguieron.

No he tenido contacto alguno con Perón desde que partió al exilio. Este relato, si es que llega a leerlo, le dará las primeras noticias sobre lo que sucedió después de separarnos.

Tenía ya más o menos siete años cuando Perón, que acababa de ser elegido presidente, decretó que se pagara a los trabajadores un aguinaldo de Navidad equivalente a un mes de sueldo. Hubo gran júbilo en las calles.

Recuerdo ésto muy vividamente porque fue la primera vez que tuvimos en casa "pan dulce" para Navidad. La familia se reunió alrededor de la mesa y mi abuelo nos dijo:

-Demos gracias a Perón que nos ha dado este pan.

Hasta entonces, mi padre apenas había alcanzado a vivir su salario mensual de 100 pesos, de obrero en la Fábrica de Caramelos Noel. El arriendo de la habitación en que vivíamos nos costaba 38 pesos. Esto nos dejaba sólo dos pesos al día con los que nos debíamos arreglar mi madre, mi padre y yo.

Dos pesos tienen actualmente el valor de cinco centavos de dólar. Cuando era niña valían más, pero no tanto más que pudiéramos vivir como es debido.

Vivíamos en un conventillo (casa de inquilinato) no lejos del hospital donde nací el 21 de abril de 1939. Más adelante nos cambiamos a otra habitación en otra casa de inquilinato, pero esto no mejoró grandemente nuestra situación. Siempre teníamos que compartir el baño con otras seis familias. La situación era peor cuando la encargada, una mujer despótica, cortaba la electricidad cuando le venía en gana o se encerraba en el único baño y permanecía allí tres horas, mientras todos los demás esperábamos.

Mi madre nos libró de esta situación obteniendo un empleo de portera en un nuevo edificio de departamentos, de cuatro pisos. Por su cargo tenía derecho a ocupar el departamento de la planta baja a un alquiler reducido.

El departamento tenía cocina y un excelente baño. ¡Qué dicha! Era la primera vez que teníamos semejante lujo.

La habitación era amplia y agradable y mi madre la arregló en forma muy cómoda para nosotros tres. Al pie de la cama matrimonial de mis padres había un sofá-cama en el que yo dormí hasta los catorce años, edad en que me fui a vivir a la Residencia Presidencial.

El trabajo de mi madre consistía en abrir las puertas del edificio a las siete de la mañana y en cerrarlas nuevamente a las diez de la noche. Debía disponer de la basura de cada uno de los nueve departamentos y lavar los corredores y escaleras. Tan pronto como mi madre terminaba de hacer el aseo, los numerosos niños que vivían en el edificio volvían a ensuciar. Ella, pacientemente, limpiaba de nuevo. Pero este exceso de trabajo acabó por arruinar su salud, enfermando crónicamente de los riñones.

-Con ella no. Es la hija de Doña María.

Yo comprendí que me miraban despectivamente por ser la hija de la portera.

Recuerdo cierta vez, que dos niños bajaron a la calle en donde yo me encontraba, vestida con mi limpísimo delantal almidonado. Venían muy elegantes y orgullos de sus trajes nuevos. Me parecer ver al varón ponerse los flamantes guantes mientras la nena, que llevaba una muñeca, balanceaba su linda cartera con su mano libre.

Corrí a esconderme y a llorar a mi habitación.

Yo no tenía ninguna de estas cosas, ni siquiera una muñeca. Cuando era pequeña jugaba durante horas con los percheros para colgar ropa de mi madre.

Mis padres eran demasiado pobres para comprarme juguetes y nunca tuve una fiesta de cumpleaños hasta cumplir los quince años, cuando ya me había mudado a la Residencia Presidencial.

Me cansé de no obtener nunca regalo de Reyes Magos y dejé de pedirles que me trajeran juguetes.

Mi madre quería que yo tuviera una sólida instrucción religiosa y moral y por lo tanto me mandó a las Monjas de María Auxiliadora. Era un colegio pagado. Yo, consciente del sacrificio que hacían mis padres, me esforcé en ser la mejor alumna de mi curso. A menudo las Hermanas me ponían a cargo de las oraciones, lo que constituía una distinción.

La religión era mi fuerte y mis padres estaban contentísimos.

La niña que mejor se comportaba durante la semana recibió como premio una cinta de seda azul. La disciplina era una de mis principales virtudes y yo ganaba invariablemente el premio que luego presentaba orgullosamente a mis padres.

Se acercaba la fecha en que debía hacer mi Primera Comunión, y me esmeré más que nunca en mis obligaciones religiosas: el rosario, la misa y el catecismo.

Mis compañeras comentaban los bellos vestidos que llevarían en esta importante ocasión. Le pregunté a mi madre si yo también podría llevar un vestido largo y blanco como el de las novias.

Me contestó que no teníamos dinero para tales cosas. Que no era el vestido, sino la majestad del acto de la Comunión lo que tenía importancia. Pero, a pesar de la explicación, lloré amargamente. Me pareció una injusticia tener que presentarme con mi uniforme del colegio mientras las demás vestían de organdí, cintas y encajes.

En 1951, cuando tenía doce años y estaba por terminar mis estudios primarios, mi padre se enfermó y tuvo que someterse a una operación. Muy pronto nos encontramos sumidos en deudas: cuentas de hospital y de médicos, además de los carísimos medicamentos importados.

Mi madre, luego de trabajar todo el día, debía cuidar a mi padre durante la noche. Fuí enviada a casa de una tía. Esta visita ha quedado grabada para siempre en mi memoria. Cierto día escuché que mi primo le decía a su madre:

-Mamá, ¿cuándo se va a ir Nelly? Come demasiado.

Sentí una terrible amargura. Pero resolví no decirle nada a mi madre para no causarle más preocupaciones.

También recuerdo el día en que mi madre se decidió a pedirle a uno de los inquilinos que usara la escupidera porque ella debía limpiar el piso cada vez que el pasaba. La insultó osezmente y le gritó:

-R. para que está Ud. sino es para limpiar mis?...

Mi padre que alcanzó a oir la respuesta se abalanzó al corredor y le propinó una terrible paliza.

Yo deseaba ardientemente sacar a mi madre de este mundo de insultos, basura y salivaderas. Mi deseo se realizó antes de lo que esperaba. El destino llamó a mi puerta en una forma tal, que aún hoy día me asombro.

Las chicas estaban arrebatadas con la Unión de Estudiantes Secundarias, comúnmente conocida como la U.E.S. Se trataba de un club deportivo que el presidente Perón había inaugurado para ellas en su Quinta Presidencial de Olivos, un suburbio residencial de Buenos Aires.

La quinta se usaba muy poco, desde que falleciera Eva Perón, el año anterior.

Yo tenía catorce años y cursaba el segundo año de la escuela secundaria. Mis compañeras me contaban las maravillas de la U.E.S. Decían que allí se veían películas norteamericanas mucho antes de su estreno en los cines del centro. Se podía correr en motoneta -la última novedad en la Argentina- hacer toda clase de deportes: la comida era deliciosa... y todo absolutamente gratis.

La idea no me atraía gran cosa. Prefería leer tranquilamente a estar en movimiento perpetuo en el campo de deportes.

Pero soy loca por el cine, tanto que los domingos solía ir sola al de mi barrio a ver hasta tres películas seguidas.

Mi amiga Teresa me decía: "Zonza, ¿por qué gastás tu dinero en películas? Ven conmigo a la U.E.S".

Y un día, me parece que fue un lunes en agosto de 1953, sin gran entusiasmo, fui con Teresa.

Una vez allá me mostró con orgullo el espléndido parque, que se extendía varias cuadras. Había canchas de "basket-ball" y de "tennis", una pista de patinaje, una pista de carreras, avenidas para las motonetas, un gimnasio, pileta de natación, un enorme comedor, un sala de televisión y un magnífico cine.

Estábamos inspeccionando las motonetas en el "garage" cuando Teresa exclamó de pronto: "¡Parece que está allí el General!".

Las chicas corrían de todas direcciones y se congregaban en el otro extremo del "garage" como moscas alrededor de la miel. Teresa me tomó de la mano y corrimos hacia el mismo lugar. Logré avanzar hasta la primera fila y allí estaba él. ¡El presidente en persona!

Estaba encendiendo un cigarrillo de espaldas a nosotras. Luego se dió vuelta y sus ojos se posaron en mí.

Me sonrió: "Veo que tenemos una chica nueva hoy. ¿Qué tal, ñatita; le gusta la U.E.S.?".

Quedé muda. Sentí que un escalofrío me corría por todo el cuerpo. Empecé a temblar como una hoja.

Seguí temblando, aún después que él se había ido. ¡Había visto al famoso presidente Perón y él me había hablado! Apenas podía caminar.

-¿Qué te pasa?, me preguntó Teresa extrañada. Venía aquí por primera vez, el general te habla y no eres capaz de contestarle.

Yo había quedado estupefacta ante la sencillez y cordialidad de Perón.

Tampoco había esperado que fuera tan buen mozo. Continuamos recorriendo el club. El perfume de Perón se me había quedado grabado. Más tarde supe que era un perfume francés, su preferido, y que se llamaba "Femme", de Marcel Rochas.

El domingo siguiente, que era mi primer día libre, volví a la U.E.S. Pero el general no apareció y sentí cierta desilusión.

Al atardecer de mi tercera visita, cuando ya creía que no vendría, alguien gritó: "¡Aquí viene el general!". Y nuevamente hubo un alboroto de chicas que corrían hacia él.

-Hola, general- lo saludaron en coro al verlo bajar de su Mercedes Benz azul. ¡Tanto tiempo sin venir a vernos!

Cuando su vista se encontró conmigo, comprendí que no se acordaba de mí.

-¿Le gusta la U.E.S?- me preguntó nuevamente.

Mi corazón empezó a latir furiosamente y mis rodillas a temblar.

-Chicas, vamos a tomar un café- nos propuso.

Nos dirigimos hacia su chalet particular, ubicado en el centro del parque y allí lo rodeamos.

-¿Cómo van esos estudios?- nos preguntó. Y agregó bromeando: ¡A la que no estudie le quito la motoneta!

Siguió conversando con las chicas, mientras yo tomaba silenciosamente mi café sin quitarle los ojos de encima.

Algunos meses más tarde, en noviembre, el general se encontraba paseando por los jardines, repartiendo premios de billeteras a las chicas que habían pasado de grado.

Preguntó a Teresa:

-¿Qué tal los estudios?

-No sé, mi general, contestó ella. Pasé mis exámenes, pero no sé si llamar buenas mis calificaciones...

El sacó entonces una bonita billetera roja de su bolsillo y se la entregó.

Como en todos los demás casos, contenía un billete nuevo de quinientos pesos... Una suma muy grande en esta época, ya que equivalía al sueldo mensual de un obrero.

-¿Y qué tal por este lado?, dijo dirigiéndose a mí.

-Pasé, contesté.

-Entonces también le corresponde un premio, me dijo.

Palpó sus bolsillos, pero se había quedado sin billeteras. Cuando algunas horas más tarde lo volví a ver, se había reabastecido y me entregó una billetera que contenía 500 pesos.

Sólo atineé a decir:

-Gracias, general.

La próxima vez que fui a la U.E.S. el general seguía repartiendo billeteras y quiso darme otra. La rechacé explicándole que ya había recibido una.

Aprovechó la oportunidad:

-General, si Ud. me permite, me gustaría hablarle.

-Dígame, nenita.

-Quiero darle las gracias por el premio que me dió.

-Pero ya me las habías dado.

-Sí, pero mi agradecimiento es muy especial. Les dí el dinero a mis padres y ellos me pidieron que le diga que están muy agradecidos. Mi padre está enfermo y ese dinero nos ha ayudado enormemente.

Me ofreció darme una recomendación para la Fundación "Eva Perón", donde podríamos obtener las medicinas importadas.

Con el tiempo me infiltré en el grupo del que era núcleo la Comisión de Deportes, dirigentes con quienes siempre charlaba el general cuando hacía sus visitas al club, y en noviembre, tres meses después de haber entrado en la U.E.S., el presidente me conocía por mi nombre.

Frecuentemente, el general convidaba a ocho o nueve chicas a almorzar con él en el comedor de su chalet. Este chalet, el único edificio que no formaba parte del club, se había conservado como residencia de verano del presidente, de manera que éste podía ocuparlo cuando lo deseaba, mientras los jardines había sido cedidos a la U.E.S.

Estos almuerzos ofrecían la oportunidad de presentarle las chicas nuevas al presidente. Era para éstas un gran honor. Y una de las obligaciones de la Comisión de Deportes, además de organizar las actividades deportivas, era seleccionar a estas chicas.

Durante uno de estos almuerzos, el general me preguntó:

-¿Qué tal le va con la motoneta?

- No practico, le respondí.

-¿Por qué no?, preguntó.

Ya había tomado suficiente confianza como para contestarle.

-Las otras chicas aprenden con los mecánicos. Pero a mi me gustaría tener el honor de que me ensañara Perón.

Por un segundo se quedó mirándome. Luego exclamó:

-¡Qué respuesta tan original!

Aceptó gustoso enseñarme y propuso que nos encontráramos los domingos a las nueve de la mañana, antes de que llegaran las demas chicas. No quería ofenderlas ni provocar en ellas envidia que fuera a mí solamente a quien diera lecciones.

Nuestra amistad se hizo mayor durante el mes en que aprendí a manejar la motoneta. Pero el Ministro de Educación, doctor Armando Méndez San Martín, que acompañaba a Perón como si hubiera sido su sombra cuando éste visitaba el club, y que había organizado la Unión de Estudiantes Secundarios para congraciarse con él, opinó que yo me estaba tomando excesiva confianza con el presidente.

Un día me mandó decir que no me acercara más al general, advirtiéndome que si insistía sería expulsada de la U.E.S.

Me alejé. Cuando veía al general acercarse en la motoneta, yo cambiaba de rumbo para evitarlo.

Él se dió cuenta de esto y en cierta oportunidad me detuvo.

-¿Qué pasa que no está más en el grupo?- me preguntó.

Le conté lo que había pasado con Méndez San Martín.

Yo creía que eran órdenes suyas, le dije.

-Esto no me gusta nada, me dijo. Quiero que las chicas sientan que pueden acercarse a mí con toda tranquilidad.

La próxima vez que fui al club, el general me mandó llamar. Lo encontré con Méndez San Martín y pensé que algo iría a suceder.
Dirigiéndose al ministro, pero no sin antes haberme mirado con picardía, el presidente le dijo:

-Nelly nos ha abandonado, ¿verdad, Méndez? Debemos estar poniéndonos viejos. Estos no puede ser.

Y volviéndose a mí añadió:

-Hoy almorzará con nosotros. Me sentó a su derecha y a Méndez a su izquierda, directamente enfrente mío. ¡Qué almuerzo memorable! A un lado veía a Perón y mi felicidad era indescriptible. Me parecía un sueño. Miraba frente a mí y veía toda la furia contenida del Ministro de Educación.

Al finalizar el almuerzo, el general me dijo con una sonrisa cordial:

-Espero que nos volveremos a ver.

Yo me sentía feliz y preocupada a la vez. Sabía que Méndez San Martín no me perdonaría esta humillación. Veía en sus ojos que me había declarado la guerra.
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