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Así viven y mueren las mujeres de Los Monos, el grupo narco más poderoso del país

19/08/2017 15:46 hs
Adelanto de un capítulo del libro Los Monos. Historia de la familia narco que transformó Rosario en un infierno de Germán de los Santos y Hernán Lascano.
Extraído de Clarín.com

La declinación de Los Monos no solamente sobrevino por el tendido del cerco judicial sobre sus integrantes. En el lapso dinámico en el que se volvieron un grupo desavenido también les cayó encima la tragedia, como si todo el bienestar forjado con una violencia no carente de fuerza de voluntad e imaginación se hubiera virado en contra, arrinconando a la familia en una pendiente maldita hecha de destierro, rejas y mortajas.

Después de la caída de Monchi Cantero y el Gordo Salomón, los prófugos que faltaban para que ya no hubiera líderes de la banda en la calle, los que estaban confinados en penitenciarías o en prisiones domiciliarias tuvieron motivos para hundirse en una mayor tristeza. En septiembre de 2016, Daiana Cantero, la hija mayor del Pájaro, se mató en un accidente de tránsito en la ruta 44, cerca de Bahía Blanca. Iba camino a la cárcel de Rawson, a visitar a su tío Guille. Un mes después, un cartel con su nombre empezó a colgar en la tribuna donde se ubica la barra brava de Newell's.

Nueve meses antes, en enero, Elizabeth Cantero, hija mayor del Viejo y criada por su pareja, Celestina Contreras, fue muy golpeada por policías de la subcomisaría 20ª de la zona sur rosarina. Tenía 34 años, sufría de una adicción aguda a las drogas y estaba presa por el maltrato físico inferido a sus dos hijas, por el cual un juez le había dictado treinta días de prisión preventiva. El 17 de enero en la cárcel de mujeres se reportó en un documento oficial un grave incidente. Fue una 232 pelea entre internas en la planta baja del pabellón luego de que Elizabeth, en una visita, agrediera a una nena de un año, hija de una reclusa.


Esa disputa terminó con una reacción generalizada de las demás presas, que golpearon a Elizabeth hasta desvanecerla.

Esa situación motivó su internación y le provocó la muerte.

Aunque el abogado de la muchacha señaló que el deceso lo causó una inyección que le aplicó personal del Servicio Penitenciario cuando intentaba sedarla.

Elizabeth era menuda y llevaba el pelo rubio teñido. No vivía con sus hermanos ni tuvo protagonismo en la causa que instruyó el juez Vienna, en la que acusó a su familia de encabezar una organización de violencia para asegurar negocios. Desde adolescente había estado hundida por adicciones a drogas. La última vez que la detuvieron fue en su casa de Melián y Batlle y Ordóñez, en el barrio La Granada, frente al casino, tres semanas antes de su triste final. Su velatorio fue en una cochería del centro de la ciudad, por la calle Pueyrredón, a dos cuadras del estadio de Newell's. A ese entorno de edificios de buen porte, habitados por la comunidad de mejor pasar, se acercaron dos centenares de jóvenes de aspecto suburbano, de piel morena, pantalones anchos y gorra, quienes se sentaron en la vereda de toda la cuadra. Lloraban con una aflicción genuina, marcados por la claridad del alumbrado público.

"Nos van a matar a todos. No va a quedar nadie de nosotros", le murmuró a una operadora de salud de la Villa Fanta el pariente de una de las chicas que había golpeado a Elizabeth, sabedor aterrado de la metodología de Los Monos para lavar ofensas. La cadena de venganzas, ya conocida en el momento de la muerte del Pájaro, no demoró en ponerse en marcha. La hermana de la mujer cuya beba había sido atacada en la cárcel por Elizabeth Cantero, a dos días de la muerte de esta, fue 233 baleada por cuatro personas que se movían en dos motos en la zona oeste de Rosario.

Una semana más tarde, a las cinco de la mañana, los cuerpos de dos jóvenes quedaron tirados sobre una calle lateral a la avenida de Circunvalación y un poco más allá, la moto en la que ambos se desplazaban. Eran Brian Zapata, de 22 años, y Mariano Ledesma, de 27. El pavimento estaba sembrado con once cápsulas calibre 9 milímetros. Zapata tenía dos balazos en la cabeza y Ledesma, cuatro en la cabeza y una decena más en el resto del cuerpo. La crudeza de los homicidios fue absoluta.

El ataque contra Elizabeth fue consumado por catorce internas.

La sentencia de muerte, dado que ellas estaban confinadas, se orientó hacia sus allegados. Zapata era sobrino de una de las mujeres presas en la cárcel. Ledesma la ligó nada más que por estar junto al sentenciado.

A cinco días de la controvertida muerte de Elizabeth, el cuerpo de un muchacho llamado Brian Esquivel, de 20 años, apareció tirado con tres balazos. También era sobrino de una de las reclusas que había enfrentado a Elizabeth.

Ese reguero que teñía las calles ante la afrenta o la muerte de uno de los propios tenía que ver con la obediencia reverencial hacia la figura indiscutible e indiscutida. En Los Monos, los hombres piensan, resuelven, ejecutan. Pero la fuente de autoridad que deviene del amor y de la creencia en una infalible capacidad de visión es la que se le reconoce a Patricia Celestina Contreras, la mujer del Viejo Ariel, la madre del Pájaro y Guille, la criadora de Monchi.

Desde siempre, todo en el grupo familiar y en las decisiones importantes es monitoreado por la Cele. De baja estatura, trigueña, pelo lacio y ojos filosos como un chimango, ella es la columna vertebral de la banda. En su casa, el lugar de las negociaciones y donde se guarda el dinero, ella tiene a me234 nudo la última palabra, que pronuncia con cadencia criolla, sin alzar la voz ni abundar en vocablos y sin dudar. A veces puede ser más dura que sus hijos, que la veneran. Nada se hace sin el aval de Celestina. Y en las épocas difíciles se realza la cualidad de esta sociedad ginocéntrica, porque ella no solo sostiene a sus hijos en la cárcel, sino que también mantiene a raya a sus mujeres.

La mañana del día que mataron al Pájaro en la casa de la calle Caña de Ámbar, mientras acondicionaban el cuarto donde se instalaría el féretro, la Cele tomaba mate. Había sollozado temprano con su hija Mariana, pero tenía ahora una expresión dislocada no exenta de calma. El deseo de revancha quería salir como un fustazo pero, frente a uno de los convidados, ella supo disfrazarlo comentando por lo bajo algo que se refería a sus otros hijos: "Yo no los voy a poder parar y van a ir presos".

Ese corto enunciado que contenía una anticipada certeza era, en realidad, la más rotunda lógica de las cosas, lo que tenía que ocurrir, lo que ella deseaba. El Viejo Ariel, en cambio, no habría actuado rápidamente. Habría actuado, sin duda, pero manejando los tiempos de otro modo.

Probablemente de proponérselo no habría podido impedirlo, pero Cele no quiso evitar que sus hijos se lanzaran a esa cacería que sería el principio del fin de un modo de predominio.

Al Pájaro lo mataron pero, en el afán de vengar su muerte, los Monos se suicidaron.

Tanto en la aflicción como en la bronca, la palabra de Cele es económica y sobria. A cuatro horas de la muerte de su radiante Pájaro se acercó al fiel abogado de la familia. La burocracia funeraria impone que, para extender el certificado de defunción, el cuerpo debe pasar por una casa de sepelios, así el velorio se celebre en otro lado. Una sola preocupación se le imponía. Y se la transmitió al abogado: "Asegurate de que lo dejen lindo 235 de cara. Que se lo vea tranquilo como era él. Así quiero que lo traigan".

El abogado se hizo cargo. Fue al Instituto Médico Legal para averiguar el horario de salida del cuerpo y luego se dirigió a la cochería de Ovidio Lagos y Amenábar, frente a un complejo popular de edificios deslustrados. Allí esperó la llegada de ese muchacho con el que cenaba una vez por semana en el Wembley o en el Deck, dos restaurantes de la costanera central rosarina. En esa sala enorme y vacía estuvo una hora larga y silenciosa meditando sobre el amor, la familia, el sentido de la existencia. Se aseguró de que el semblante del difunto se correspondiera con el respeto que, por afecto o por temor, se había sabido ganar. La pátina leve de maquillaje lo dejaba en esa altura. Fue entonces que encargó al vehículo funerario que se pusiera en marcha hacia La Granada. La llamó a la Cele y le dijo: "Está todo bien. Salimos para allá".

Celestina, una mujer que no sabe leer ni escribir pero sí firmar, resulta imputada por asociación ilícita con poca prueba en su contra. Apenas los registros de comunicaciones que dejan en claro no solo que está al tanto de lo que hacen los hombres de su familia sino que contribuye a los cuidados para evitar que los imputen. Esa presencia en el núcleo de la familia hace que se la sitúe en un nivel de jefatura de la banda. En su casa, el día que la detuvieron le encontraron una balanza de precisión, una pistola Bersa con numeración eliminada con diecisiete cartuchos 9 milímetros, que podía ser de cualquiera de los muchos familiares que transitaban por allí.

Después quedaría implicada de una manera más fuerte con la banda que componían sus hijos como líderes, cuando la mayoría de los suyos estaba confinada. Desde agosto de 2014, durante dos meses, unas escuchas lapidarias demuestran que, como había profetizado Guille al declarar el día de su entrega, 236 traficar desde dentro de la prisión sería al menos tan fácil como había sido hacerlo afuera. En esas llamadas desde el penal de Piñero, Guille Cantero y Ema Chamorro imparten órdenes claras sobre cómo organizar la distribución y la venta de cocaína en los búnkeres que ya les eran reconocidos al grupo a sus respectivas parejas, Vanesa Barrios y Jésica Lloan.

Un mediodía de domingo de noviembre de 2014, Vanesa acomodó su VW Gol Trend en el estacionamiento de la cárcel y junto a sus dos hijos pequeños se dirigió al portón del pabellón 7 para la visita rutinaria a su marido. Pasó el primer control, pero una patrulla de cuatro efectivos de la Policía Federal le avisó que no podría seguir adelante. Se la llevarían detenida por formar parte de una banda dedicada al tráfico, fabricación y elaboración de estupefacientes que conducía la persona a la que iba a ver.

A Jésica Lloan le pasó lo mismo. En total fueron once mujeres las que quedaron presas por una investigación denominada "Los Patrones". Ellas habían quedado al frente de la parte práctica del negocio cuando cayeron en desgracia sus parejas o sus parientes fueron encerrados. A Vanesa se la acusaba de dedicarse con la decisiva asistencia de su tía Gladis Obdulia Barrios y de sus primas a la provisión de búnkeres de cocaína.

Jessi hacía lo mismo con toda la línea de salida de marihuana.

La detención impidió que se encargara de pagar al camión con trescientos kilos de marihuana que debía llegar desde Corrientes con la droga, pero que fue interceptado en Chaco cuando los investigadores judiciales ya habían reconstruido acciones y roles de la banda.

Gladis Barrios habla con una persona a la que alude como el Viejo. Le dice: - Viejo, traeme cincuenta de escama y ciento cincuenta de especial. Que la escama esté en piedra.

237 Escama, pura, ala o especial son todas variantes diversas de cocaína.

Mientras allanan la cárcel para detener a Vane y a Jessi, otra patrulla irrumpe en un cuarto piso de Corrientes al 1900 en el centro de Rosario. Capturan allí a Horacio Castagno, a quien llaman "el Viejo", en un laboratorio de preparación de cocaína, donde había precursores químicos para estirar la pasta base, como alcohol, lidocaína y acetona. Castagno fue acusado judicialmente de ser quien elaboraba la cocaína que entregaba a las mujeres.

Ese mismo domingo que interceptaron a su nuera Vanesa, la Policía Federal llegó a la casa de calle Caña de Ámbar 1816 para detener a la Cele. Sabían que estaba al tanto de todas las decisiones que se tomaban en relación con el comercio de drogas. Y que mantenía conversaciones relativas a la actividad con Vanesa Barrios, Daiana Suárez, Gladis Barrios y Horacio Castagno. La Brigada de la Policía Federal que fue a buscar a Celestina no la encontró. Pero ella está requerida por narcotráfico en esta causa.

Desde que obtuvo la prisión domiciliaria, Vanesa Barrios, mujer de Guille, salió a los medios de prensa. Su propósito era desacreditar la investigación del juez Juan Carlos Vienna que la procesó por asociación ilícita. Apuntaba en su arremetida a las hendiduras que le habían señalado públicamente al magistrado, como el hecho de que no investigara al padre de Fantasma Paz por ser su cómplice y el hecho de haber comprado una moto en una agencia de dos individuos a la postre detenidos por traficar cocaína a Europa. Se defendía atacando. Pero se cuidaba de decir algo sobre esta otra investigación en la cual ella aparecía como delegada, ejecutora y garante de la continuidad del mismo tipo de negocios por el cual Guille Cantero, su marido, estaba preso, y por el cual ella aguardaba en su casa el momento de ser juzgada.

238 Vanesa declaró que sus ingresos provienen de los tres taxis que tiene y de la actividad de sus choferes. Uno de estos manifestó conocer que su empleadora tiene dos casas en Granadero Baigorria. Ella es también la dueña registral de la mitad de la quinta de Pérez. En los legajos de investigación de la Subsecretaría de Delitos Económicos aparece como dueña de siete vehículos más. Los fiscales constataron que ella incluso concretó un ardid para encubrir una falsa situación de desvalidez económica, tramitó y obtuvo el beneficio de Jefes y Jefas de Hogar no porque requiriera el ingreso sino porque la acreditaba como desposeída.

Los fiscales destacan que en la asociación ilícita se distingue en ellas una conducta rutinaria: "Las mujeres tienen un rol más pasivo que los hombres. Resulta en algunos casos que la participación se circunscribe a poner su identidad económicamente hablando a disposición de la banda o tener armas en su domicilio".

Silvana Gorosito, la mujer de Monchi, era dueña de tres autos, realizaba los pagos para la refacción de una casa en la calle Los Olmos de Funes, propiedad de su marido, y pese a eso, era beneficiaria -por haberlo gestionado con éxito- de un programa social de seguridad alimentaria de la provincia de Santa Fe, entre 2007 y 2011. El mismo plan lo obtuvo Lorena Verdún, la primera mujer del Pájaro, que era dueña al mismo tiempo de un VW Bora, una moto Honda XV 250, una Yamaha 125 XTZ y un Peugeot 206. El día siguiente a la muerte del Pájaro, Lorena entregó este último vehículo como parte de pago al comprar un Chevrolet Vectra en la concesionaria Aupesa de la zona sur rosarina. Al vendedor Abel Botta le dijo que lo adquiría para trasladar gente al velorio, ya que, según le informó, habían matado a su marido.

La impulsiva Lorena no busca esconder ni disimular nada.

Guarda un amor inalterable por ese hombre con el que tuvo 239 tres hijos y al que lleva en un enorme tatuaje con su nombre en el brazo izquierdo. Su corazón termina de romperse con la muerte de la mayor de sus hijas, Daiana, en el accidente camino a la cárcel del sur. Promete que en el juicio en su contra dará detalles de la relación del juez Vienna, que la acusó, con Luis Paz, el padre del Fantasma, y las conexiones que no se investigaron.

Si no lo puede hacer en el estrado, lo hará con los periodistas que se acerquen al juicio donde ella está acusada. Mantiene un rencor vivo por Mercedes Paz, la mujer que convivió los últimos seis años con el Pájaro, hermana del Fantasma, pero no hace de eso el centro de sus cuestiones. Solamente se pregunta por qué no la acusaron a Mercedes de formar parte de la banda.

En cambio ella, separada del hombre que ama hace tanto, sí deberá responder. La explicación, según Lorena, está en la relación entre el Viejo Paz y el juez.

"Acordamos un juicio abreviado con los fiscales y después lo rechazaron. No podemos esperar imparcialidad. Nos decomisan los bienes porque nos van a condenar", protesta Vanesa.

Ella deberá sentarse en otro juicio delante de tres jueces federales para explicar cómo traficaba drogas siguiendo órdenes de su marido preso, pero siente que para defender su vida, su momento de exposición y su voluntad de estar en calma tiene que concentrarse en mostrar los agujeros de esa otra causa, la primera, la que significó el derrumbe de Los

La declinación de Los Monos no solamente sobrevino por el tendido del cerco judicial sobre sus integrantes. En el lapso dinámico en el que se volvieron un grupo desavenido también les cayó encima la tragedia, como si todo el bienestar forjado con una violencia no carente de fuerza de voluntad e imaginación se hubiera virado en contra, arrinconando a la familia en una pendiente maldita hecha de destierro, rejas y mortajas.

Después de la caída de Monchi Cantero y el Gordo Salomón, los prófugos que faltaban para que ya no hubiera líderes de la banda en la calle, los que estaban confinados en penitenciarías o en prisiones domiciliarias tuvieron motivos para hundirse en una mayor tristeza. En septiembre de 2016, Daiana Cantero, la hija mayor del Pájaro, se mató en un accidente de tránsito en la ruta 44, cerca de Bahía Blanca. Iba camino a la cárcel de Rawson, a visitar a su tío Guille. Un mes después, un cartel con su nombre empezó a colgar en la tribuna donde se ubica la barra brava de Newell's.

Nueve meses antes, en enero, Elizabeth Cantero, hija mayor del Viejo y criada por su pareja, Celestina Contreras, fue muy golpeada por policías de la subcomisaría 20ª de la zona sur rosarina. Tenía 34 años, sufría de una adicción aguda a las drogas y estaba presa por el maltrato físico inferido a sus dos hijas, por el cual un juez le había dictado treinta días de prisión preventiva. El 17 de enero en la cárcel de mujeres se reportó en un documento oficial un grave incidente. Fue una 232 pelea entre internas en la planta baja del pabellón luego de que Elizabeth, en una visita, agrediera a una nena de un año, hija de una reclusa.

Esa disputa terminó con una reacción generalizada de las demás presas, que golpearon a Elizabeth hasta desvanecerla.

Esa situación motivó su internación y le provocó la muerte.

Aunque el abogado de la muchacha señaló que el deceso lo causó una inyección que le aplicó personal del Servicio Penitenciario cuando intentaba sedarla.

Elizabeth era menuda y llevaba el pelo rubio teñido. No vivía con sus hermanos ni tuvo protagonismo en la causa que instruyó el juez Vienna, en la que acusó a su familia de encabezar una organización de violencia para asegurar negocios. Desde adolescente había estado hundida por adicciones a drogas. La última vez que la detuvieron fue en su casa de Melián y Batlle y Ordóñez, en el barrio La Granada, frente al casino, tres semanas antes de su triste final. Su velatorio fue en una cochería del centro de la ciudad, por la calle Pueyrredón, a dos cuadras del estadio de Newell's. A ese entorno de edificios de buen porte, habitados por la comunidad de mejor pasar, se acercaron dos centenares de jóvenes de aspecto suburbano, de piel morena, pantalones anchos y gorra, quienes se sentaron en la vereda de toda la cuadra. Lloraban con una aflicción genuina, marcados por la claridad del alumbrado público.

"Nos van a matar a todos. No va a quedar nadie de nosotros", le murmuró a una operadora de salud de la Villa Fanta el pariente de una de las chicas que había golpeado a Elizabeth, sabedor aterrado de la metodología de Los Monos para lavar ofensas. La cadena de venganzas, ya conocida en el momento de la muerte del Pájaro, no demoró en ponerse en marcha. La hermana de la mujer cuya beba había sido atacada en la cárcel por Elizabeth Cantero, a dos días de la muerte de esta, fue 233 baleada por cuatro personas que se movían en dos motos en la zona oeste de Rosario.

Una semana más tarde, a las cinco de la mañana, los cuerpos de dos jóvenes quedaron tirados sobre una calle lateral a la avenida de Circunvalación y un poco más allá, la moto en la que ambos se desplazaban. Eran Brian Zapata, de 22 años, y Mariano Ledesma, de 27. El pavimento estaba sembrado con once cápsulas calibre 9 milímetros. Zapata tenía dos balazos en la cabeza y Ledesma, cuatro en la cabeza y una decena más en el resto del cuerpo. La crudeza de los homicidios fue absoluta.

El ataque contra Elizabeth fue consumado por catorce internas.

La sentencia de muerte, dado que ellas estaban confinadas, se orientó hacia sus allegados. Zapata era sobrino de una de las mujeres presas en la cárcel. Ledesma la ligó nada más que por estar junto al sentenciado.

A cinco días de la controvertida muerte de Elizabeth, el cuerpo de un muchacho llamado Brian Esquivel, de 20 años, apareció tirado con tres balazos. También era sobrino de una de las reclusas que había enfrentado a Elizabeth.

Ese reguero que teñía las calles ante la afrenta o la muerte de uno de los propios tenía que ver con la obediencia reverencial hacia la figura indiscutible e indiscutida. En Los Monos, los hombres piensan, resuelven, ejecutan. Pero la fuente de autoridad que deviene del amor y de la creencia en una infalible capacidad de visión es la que se le reconoce a Patricia Celestina Contreras, la mujer del Viejo Ariel, la madre del Pájaro y Guille, la criadora de Monchi.

Desde siempre, todo en el grupo familiar y en las decisiones importantes es monitoreado por la Cele. De baja estatura, trigueña, pelo lacio y ojos filosos como un chimango, ella es la columna vertebral de la banda. En su casa, el lugar de las negociaciones y donde se guarda el dinero, ella tiene a me234 nudo la última palabra, que pronuncia con cadencia criolla, sin alzar la voz ni abundar en vocablos y sin dudar. A veces puede ser más dura que sus hijos, que la veneran. Nada se hace sin el aval de Celestina. Y en las épocas difíciles se realza la cualidad de esta sociedad ginocéntrica, porque ella no solo sostiene a sus hijos en la cárcel, sino que también mantiene a raya a sus mujeres.

La mañana del día que mataron al Pájaro en la casa de la calle Caña de Ámbar, mientras acondicionaban el cuarto donde se instalaría el féretro, la Cele tomaba mate. Había sollozado temprano con su hija Mariana, pero tenía ahora una expresión dislocada no exenta de calma. El deseo de revancha quería salir como un fustazo pero, frente a uno de los convidados, ella supo disfrazarlo comentando por lo bajo algo que se refería a sus otros hijos: "Yo no los voy a poder parar y van a ir presos".

Los Monos: así viven y mueren las mujeres de los narcos más temidos del país
Gladis Obdulia Barrios, alías "La dueña", integrante de la banda narco rosarina, la tía de "Monchi", el líder de Los Monos.

Ese corto enunciado que contenía una anticipada certeza era, en realidad, la más rotunda lógica de las cosas, lo que tenía que ocurrir, lo que ella deseaba. El Viejo Ariel, en cambio, no habría actuado rápidamente. Habría actuado, sin duda, pero manejando los tiempos de otro modo.

Probablemente de proponérselo no habría podido impedirlo, pero Cele no quiso evitar que sus hijos se lanzaran a esa cacería que sería el principio del fin de un modo de predominio.

Al Pájaro lo mataron pero, en el afán de vengar su muerte, los Monos se suicidaron.

Tanto en la aflicción como en la bronca, la palabra de Cele es económica y sobria. A cuatro horas de la muerte de su radiante Pájaro se acercó al fiel abogado de la familia. La burocracia funeraria impone que, para extender el certificado de defunción, el cuerpo debe pasar por una casa de sepelios, así el velorio se celebre en otro lado. Una sola preocupación se le imponía. Y se la transmitió al abogado: "Asegurate de que lo dejen lindo 235 de cara. Que se lo vea tranquilo como era él. Así quiero que lo traigan".

El abogado se hizo cargo. Fue al Instituto Médico Legal para averiguar el horario de salida del cuerpo y luego se dirigió a la cochería de Ovidio Lagos y Amenábar, frente a un complejo popular de edificios deslustrados. Allí esperó la llegada de ese muchacho con el que cenaba una vez por semana en el Wembley o en el Deck, dos restaurantes de la costanera central rosarina. En esa sala enorme y vacía estuvo una hora larga y silenciosa meditando sobre el amor, la familia, el sentido de la existencia. Se aseguró de que el semblante del difunto se correspondiera con el respeto que, por afecto o por temor, se había sabido ganar. La pátina leve de maquillaje lo dejaba en esa altura. Fue entonces que encargó al vehículo funerario que se pusiera en marcha hacia La Granada. La llamó a la Cele y le dijo: "Está todo bien. Salimos para allá".

Celestina, una mujer que no sabe leer ni escribir pero sí firmar, resulta imputada por asociación ilícita con poca prueba en su contra. Apenas los registros de comunicaciones que dejan en claro no solo que está al tanto de lo que hacen los hombres de su familia sino que contribuye a los cuidados para evitar que los imputen. Esa presencia en el núcleo de la familia hace que se la sitúe en un nivel de jefatura de la banda. En su casa, el día que la detuvieron le encontraron una balanza de precisión, una pistola Bersa con numeración eliminada con diecisiete cartuchos 9 milímetros, que podía ser de cualquiera de los muchos familiares que transitaban por allí.

Después quedaría implicada de una manera más fuerte con la banda que componían sus hijos como líderes, cuando la mayoría de los suyos estaba confinada. Desde agosto de 2014, durante dos meses, unas escuchas lapidarias demuestran que, como había profetizado Guille al declarar el día de su entrega, 236 traficar desde dentro de la prisión sería al menos tan fácil como había sido hacerlo afuera. En esas llamadas desde el penal de Piñero, Guille Cantero y Ema Chamorro imparten órdenes claras sobre cómo organizar la distribución y la venta de cocaína en los búnkeres que ya les eran reconocidos al grupo a sus respectivas parejas, Vanesa Barrios y Jésica Lloan.

Un mediodía de domingo de noviembre de 2014, Vanesa acomodó su VW Gol Trend en el estacionamiento de la cárcel y junto a sus dos hijos pequeños se dirigió al portón del pabellón 7 para la visita rutinaria a su marido. Pasó el primer control, pero una patrulla de cuatro efectivos de la Policía Federal le avisó que no podría seguir adelante. Se la llevarían detenida por formar parte de una banda dedicada al tráfico, fabricación y elaboración de estupefacientes que conducía la persona a la que iba a ver.

A Jésica Lloan le pasó lo mismo. En total fueron once mujeres las que quedaron presas por una investigación denominada "Los Patrones". Ellas habían quedado al frente de la parte práctica del negocio cuando cayeron en desgracia sus parejas o sus parientes fueron encerrados. A Vanesa se la acusaba de dedicarse con la decisiva asistencia de su tía Gladis Obdulia Barrios y de sus primas a la provisión de búnkeres de cocaína.

Jessi hacía lo mismo con toda la línea de salida de marihuana.

La detención impidió que se encargara de pagar al camión con trescientos kilos de marihuana que debía llegar desde Corrientes con la droga, pero que fue interceptado en Chaco cuando los investigadores judiciales ya habían reconstruido acciones y roles de la banda.

Gladis Barrios habla con una persona a la que alude como el Viejo. Le dice: - Viejo, traeme cincuenta de escama y ciento cincuenta de especial. Que la escama esté en piedra.

237 Escama, pura, ala o especial son todas variantes diversas de cocaína.

Mientras allanan la cárcel para detener a Vane y a Jessi, otra patrulla irrumpe en un cuarto piso de Corrientes al 1900 en el centro de Rosario. Capturan allí a Horacio Castagno, a quien llaman "el Viejo", en un laboratorio de preparación de cocaína, donde había precursores químicos para estirar la pasta base, como alcohol, lidocaína y acetona. Castagno fue acusado judicialmente de ser quien elaboraba la cocaína que entregaba a las mujeres.

Ese mismo domingo que interceptaron a su nuera Vanesa, la Policía Federal llegó a la casa de calle Caña de Ámbar 1816 para detener a la Cele. Sabían que estaba al tanto de todas las decisiones que se tomaban en relación con el comercio de drogas. Y que mantenía conversaciones relativas a la actividad con Vanesa Barrios, Daiana Suárez, Gladis Barrios y Horacio Castagno. La Brigada de la Policía Federal que fue a buscar a Celestina no la encontró. Pero ella está requerida por narcotráfico en esta causa.

Desde que obtuvo la prisión domiciliaria, Vanesa Barrios, mujer de Guille, salió a los medios de prensa. Su propósito era desacreditar la investigación del juez Juan Carlos Vienna que la procesó por asociación ilícita. Apuntaba en su arremetida a las hendiduras que le habían señalado públicamente al magistrado, como el hecho de que no investigara al padre de Fantasma Paz por ser su cómplice y el hecho de haber comprado una moto en una agencia de dos individuos a la postre detenidos por traficar cocaína a Europa. Se defendía atacando. Pero se cuidaba de decir algo sobre esta otra investigación en la cual ella aparecía como delegada, ejecutora y garante de la continuidad del mismo tipo de negocios por el cual Guille Cantero, su marido, estaba preso, y por el cual ella aguardaba en su casa el momento de ser juzgada.

238 Vanesa declaró que sus ingresos provienen de los tres taxis que tiene y de la actividad de sus choferes. Uno de estos manifestó conocer que su empleadora tiene dos casas en Granadero Baigorria. Ella es también la dueña registral de la mitad de la quinta de Pérez. En los legajos de investigación de la Subsecretaría de Delitos Económicos aparece como dueña de siete vehículos más. Los fiscales constataron que ella incluso concretó un ardid para encubrir una falsa situación de desvalidez económica, tramitó y obtuvo el beneficio de Jefes y Jefas de Hogar no porque requiriera el ingreso sino porque la acreditaba como desposeída.

Los fiscales destacan que en la asociación ilícita se distingue en ellas una conducta rutinaria: "Las mujeres tienen un rol más pasivo que los hombres. Resulta en algunos casos que la participación se circunscribe a poner su identidad económicamente hablando a disposición de la banda o tener armas en su domicilio".

Silvana Gorosito, la mujer de Monchi, era dueña de tres autos, realizaba los pagos para la refacción de una casa en la calle Los Olmos de Funes, propiedad de su marido, y pese a eso, era beneficiaria -por haberlo gestionado con éxito- de un programa social de seguridad alimentaria de la provincia de Santa Fe, entre 2007 y 2011. El mismo plan lo obtuvo Lorena Verdún, la primera mujer del Pájaro, que era dueña al mismo tiempo de un VW Bora, una moto Honda XV 250, una Yamaha 125 XTZ y un Peugeot 206. El día siguiente a la muerte del Pájaro, Lorena entregó este último vehículo como parte de pago al comprar un Chevrolet Vectra en la concesionaria Aupesa de la zona sur rosarina. Al vendedor Abel Botta le dijo que lo adquiría para trasladar gente al velorio, ya que, según le informó, habían matado a su marido.

La impulsiva Lorena no busca esconder ni disimular nada.

Guarda un amor inalterable por ese hombre con el que tuvo 239 tres hijos y al que lleva en un enorme tatuaje con su nombre en el brazo izquierdo. Su corazón termina de romperse con la muerte de la mayor de sus hijas, Daiana, en el accidente camino a la cárcel del sur. Promete que en el juicio en su contra dará detalles de la relación del juez Vienna, que la acusó, con Luis Paz, el padre del Fantasma, y las conexiones que no se investigaron.

Los Monos: así viven y mueren las mujeres de los narcos más temidos del país
El mural dedicado al "Pajaro" Cantero.

Si no lo puede hacer en el estrado, lo hará con los periodistas que se acerquen al juicio donde ella está acusada. Mantiene un rencor vivo por Mercedes Paz, la mujer que convivió los últimos seis años con el Pájaro, hermana del Fantasma, pero no hace de eso el centro de sus cuestiones. Solamente se pregunta por qué no la acusaron a Mercedes de formar parte de la banda.

En cambio ella, separada del hombre que ama hace tanto, sí deberá responder. La explicación, según Lorena, está en la relación entre el Viejo Paz y el juez.

"Acordamos un juicio abreviado con los fiscales y después lo rechazaron. No podemos esperar imparcialidad. Nos decomisan los bienes porque nos van a condenar", protesta Vanesa.

Ella deberá sentarse en otro juicio delante de tres jueces federales para explicar cómo traficaba drogas siguiendo órdenes de su marido preso, pero siente que para defender su vida, su momento de exposición y su voluntad de estar en calma tiene que concentrarse en mostrar los agujeros de esa otra causa, la primera, la que significó el derrumbe de Los Monos.

[Capítulo del libro Los Monos. Historia de la familia narco que transformó Rosario en un infierno, de Germán de los Santos y Hernán Lascano. Editorial Sudamericana. Precio: $299]
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