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#LecturaDV Por qué Cristina no puede volver

18/07/2017 07:36 hs
"Castrarán cualquier sueño de cambio y el populismo se instalará por décadas", expresa la escritora Laura di Marco en una columna de opinión.

Por Laura di Marco (extraído de La Nación)


Cristina puede volver. La pesadilla no terminó. Si a Cambiemos le va mal, ella y su séquito retornarán con el cuchillo entre los dientes y una sed recargada de venganza. Castrarán cualquier sueño de cambio y el populismo se instalará por décadas. Tal es el guión argumental del 50 por ciento de la sociedad argentina, que vivió el kirchnerismo como un trauma y que aún experimenta ese estrés residual. Se trata de un miedo primario, irracional, que orilla la fobia. En plena campaña, Mirtha Legrand sintetizó el dramatismo de ese sentimiento colectivo: "Daría mi vida para que el kirchnerismo no vuelva y para que La Cámpora no aparezca nunca más"


Pero, ¿por qué el trauma? La psicología provee una interpretación, cuando explica los efectos de la herida narcisista. Cuando era presidenta y las marchas ciudadanas en contra de su gobierno se intensificaron, Cristina provocó sucesivos ultrajes sobre ese universo que empezó a desafiarla. Los tildó de tontos ("se dejan lavar el cerebro por los medios") y de traidores a la patria ("son funcionales a los intereses de las corporaciones económicas"). Un ultraje que busca revancha y que parece estar siempre en alerta, rondando la mente.


¿A qué viene esa persistencia? Los estudios sobre la conducta humana de la psiquiatra rusa Bliuma Zeigárnik ofrecen alguna pista. El efecto Zeigárnik reveló, hace casi un siglo, que las personas suelen mantener en el cerebro las tareas inconclusas: una asignatura pendiente. Eso significa Cristina para esa porción humillada de la sociedad.


El consultor y psicólogo Federico González, socio de la encuestadora González y Valladares, configura el mapa de la opinión pública auxiliado por la teoría de los agentes mentales. Un paradigma, nutrido por diversas corrientes psicológicas, cuyo postulado es que, en nuestro interior, conviven varios agentes. O varios yoes, con su propia voz y deseos contradictorios. Un ejemplo: un votante antiK puede sentirse frustrado en sus expectativas por el gobierno de Macri (digamos que, en él, hay un "agente antimacrista"). Sin embargo, en esta coyuntura electoral, el que domina en la decisión política es el agente anti-cristinista, que tiene una tarea más acuciante. Una asignatura pendiente. Entonces, ese agente antiK, dice: "es posible que me vaya peor económicamente votando a Cambiemos, pero, antes que eso, necesito resolver mi conflicto con Cristina".


Un dato simbólico. Para esa mayoría humillada, Cristina todavía no perdió (el que perdió fue Scioli). Massa, en 2013 y Macri, en 2015 -cada uno, a turno- le dieron jaque. Aún falta el jaque mate.


El tratamiento de cualquier fobia consiste en contrastar fantasmas con hechos. En una palabra, chequear con la realidad los pensamientos distorsionados por el miedo. ¿Y cuál es la realidad, en este caso? La realidad es que, aunque Cristina gane las elecciones bonaerenses, sus chances presidenciales en 2019 (de eso, hablamos) son prácticamente nulas.


La primera barrera infranqueable es la de la opinión pública. Según números y proyecciones de Poliarquía Consultores, la foto de hoy muestra que, para el 50 por ciento de la sociedad, la imagen de la reina patagónica es mala. A esa mitad, habría que sumarle otro 10 o 15 por ciento que la evalúa con un regular. Cristina tiene un piso alto de intención de voto y un techo bajo: entre un 25 y un 35 por ciento, en la provincia de Buenos Aires y entre un 20 y un 30, a nivel nacional. Una configuración con la que logra plantarse, apenas, como una candidata bonaerense pero que, sobre todo, la configura como una política dura, incapaz de enfrentarse a un ballotage, tal como le sucedió a Menem en 2003. Escollo que, de paso, también podría aplicar a Macri en el próximo turno: un secreto guardado entre siete llaves, en el círculo más íntimo del Presidente.


Pero suponiendo que soñara con volver a la presidencia, ¿con qué coalición lo haría? El peronismo clásico es el primer interesado en troncharle ese camino. De hecho, el proceso de separación ya arrancó en muchas provincias, donde los K y el PJ compiten con boletas diferentes. El fin del amor entre los bloques de Diego Bossio y Héctor Recalde es otra prueba de esa degradación, apenas maquillada por el oportunismo de los jefes comunales, que ahora la necesitan para garantizar la gobernabilidad en sus territorios. Hay provincias donde los tradicionales candidatos del kirchnerismo dieron o un paso al costado o fueron empujados a darlo. En San Juan, el gobernador Uñac corrió a José Luis Gioja, como candidato a senador, y puso a su hermano. Y en Córdoba, la candidatura de Eduardo Accastello, se terminó desmoronando.


Dentro de la disfuncional familia peronista, una nueva generación política puja por desplegarse. Massa y Randazzo, son los más visibles. Pero también están los intendentes jóvenes: Katopodis, Insaurralde, Cascallares, Zavaleta, sólo por citar a algunos. A la probable intifada peronista contra Cristina habría que sumar la de los factores reales de poder, que no la van a perdonar. Para peor, la lapicera de Cruella de Vil, tan temida años atrás, en 2017 solo tuvo influencia en Santa Cruz y Buenos Aires.


Pero hay más. Management & Fit construyó una cartografía de la grieta. En ese mapa, el núcleo duro del kirchnerismo concentra el 25 por ciento; el de Cambiemos, el 28, mientras que, en el centro del espectro político, se ubica una ancha franja del 46 por ciento (incluye indecisos) que, en su mayoría, son jóvenes. Resultaría contradictorio que esos jóvenes de centro depositaran sus ilusiones políticas en la ex presidenta.


Como todo sol negro, Cristina logra que la política gire a su alrededor. Pero esa centralidad no debería confundirse con su peligrosidad real. Esa es otra distorsión disparada por el miedo.


Pero, ¿qué pasaría si el kirchnerismo ganara en la provincia de Buenos Aires por uno o dos puntos? Es un escenario probable. Primero hay que recordar que la torta electoral bonaerense se divide en tercios, un formateo que traba cualquier triunfo contundente. Otro dato duro.


Experto en el peronismo, Emilio Monzó, uno de los operadores políticos del Gobierno, calcula que Cristina manejaría, con toda la furia, 10 senadores en un cuerpo de 72 miembros (Poliarquía registra 7). En la Cámara Baja, las proyecciones redondean 39 diputados cristinistas sobre 257.


Pero, ¿qué efectos simbólicos podría tener semejante victoria disruptiva, que haría difícil cualquier explicación del oficialismo? ¿Amputaría las reformas que prepara Macri para después de las elecciones? No necesariamente. A Cambiemos, sin dudas, le costará más imponer su plan. Sin embargo, cuando la derrota de 2009 hizo crujir al Gobierno, el kirchnerismo, lejos de moderarse, se radicalizó y volvió recargado en 2011.


Hay un escenario -mucho menos probable, pero no del todo imposible- que nadie está imaginando. Cristina duplica su derrota en la provincia de Buenos Aires y en Santa Cruz. Fin del hechizo.


En sus ensayos sobre marketing político, Federico González compara el regreso cristinista con "La sombra del guerrero", un film de Kurosawa. La película narra la historia de un plan fallido: un impostor que, por su parecido físico con un moribundo rey guerrero, intenta usurpar su lugar para engañar al enemigo. Cristina podría convertirse en la sombra de aquella guerrera, que alguna vez fue imbatible.

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