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#LecturaDV Cuando el kirchnerismo expone sus peores rasgos

02/07/2017 10:24 hs
Gran parte de la dirigencia k acusó al Gobierno por el suicidio de un jubilado. Los familiares del fallecido la desautorizó. Nadie les pidió disculpas.

(por Ernesto Tenembaum extraído de Infobae)


El 31 de diciembre del 2004 fue el año nuevo más triste y silencioso de la historia argentina. Las imágenes de jovenes muertos en Cromañón conmovieron al país y, por una vez, a nadie se le ocurrió usar fuegos artificiales. Como consecuencia de ese desastre, los familiares de las víctimas comenzaron a pedirle explicaciones al poder político: ¿había cuidado a sus hijos como debía? En un país marcado por tantas heridas, era previsible que ese debate sería lacerante. No eran tan previsibles, en cambio, otras reacciones.


Muchas personas, que se definirían a sí mismas como "progresistas", empezaron a militar contra el pedido de explicaciones de esos familiares. Firmaron, incluso, solicitadas en las que denunciaban la existencia de un "golpe de Estado" contra Anibal Ibarra, el entonces jefe de Gobierno.


En ese contexto, pude entrevistar a uno de los firmantes de esas solicitadas.


-Si esto le hubiera ocurrido a Macri, ¿estarías denunciando un golpe de Estado o marchando junto a los familiares?-, le pregunté.

Hizo un silencio.

-Seguramente estaría con los familiares-, reconoció.


Hasta Cromañón, el "progresismo" se había caracterizado por acompañar a los familiares de víctimas, en los casos en los que el Estado hubiera estado involucrado, por acción u omisión. Pero, ante la nueva tragedia, alguna gente había decidido no hacerlo, tal vez porque las víctimas no eran militantes, o porque no eran progres, o porque eran pobres o porque sus denuncias afectaban a a "uno de los nuestros". Los familiares, entonces, marchaban casi en soledad.


Con el tiempo, esa lógica se transformaría en un rasgo repetido y central de una cultura política: la muerte de los otros sensibiliza sólo si sirve para denunciar a un enemigo político y, en cambio, fastidia cuando la denuncia de los familiares de las víctimas afecta a los "del palo".


Es una manera muy extraña de sentir la muerte de los otros.


Esta semana ocurrió un episodio que refleja una vez más esa lógica. El jueves por la mañana, en una sede de la ANSES de Mar del Plata, se pegó un tiro el jubilado Rodolfo Estivill. El desgarrador episodio fue filmado, se viralizó y sacudió a todos. En pocos minutos, figuras muy representativas del kirchnerismo acusaron al gobierno de Mauricio Macri por esa muerte. El candidato a senador nacional Jorge Taiana, la diputada nacional Mayra Mendoza, la ex funcionaria María José Lubertino, el diputado Edgardo De Petri, la ex ministra Nilda Garré, el ex vicegobernador Gabriel Mariotto fueron solo algunas de esas personalidades, a las que se sumaron numerosos periodistas de ese sector. Para entender la magnitud de esta reacción basta con mirar la transmisión que, esa misma tarde, hizo Victor Hugo Morales en C5N.


En pocas horas, las sobrinas de Estivill desmintieron las interpretaciones apresuradas. La víctima no padecía de apremios económicos, dijeron. Su muerte no tiene nada que ver con la política. Estivill era un hombre solo, y se lo veía triste, aunque solo él podría explicar por qué se mató y por qué eligió ese lugar. O sea: Macri no era responsable del suicidio. Nadie se avergonzó de haber utilizado el dolor de una familia para lograr una "ventajita" política. Nadie pidió disculpas.


Entre Cromañón y el suicidio de esta semana han ocurrido muchos otros episodios que exponen la manera, digamos, tortuosa con que el kirchnerismo -o al menos el sector más influyente de él- se relacionó siempre con la muerte de los otros. Algunos episodios muy recordados sirven para entender este patrón. Hay casos en los que la muerte directamente no importó: en la primera quincena de diciembre del 2013 se produjo una huelga policial en varias provincias. Un número no determinado de argentinos -en ningún caso menor a veinte- murió como consecuencia de la represión a los saqueos, que se multiplicaron ante el vacío de poder.


Mientras eso ocurría, Cristina Fernández de Kirchner bailaba en un acto en Plaza de Mayo sin hacer referencia a las víctimas. Las muertes nunca fueron investigadas. En ese mismo año, Marco Antonio Guerra, uno de los colaboradores más cercanos de Milagro Sala, asesinó a Luis Condorí, un poblador de Humahuaca, que resistió la toma ilegal de terreno por parte de la patota del primero. El "progresismo" no reaccionó: Milagro es "una de las nuestras".


En otros casos, la muerte se usó para ensuciar a un adversario. En octubre del 2010, la patota de un sindicato oficialista asesinó al militante de izquierda Mariano Ferreyra. Esa noche, en el programa oficialista más agresivo, se acusó a Eduardo Duhalde por el asesinato: los voceros de esa denuncia fueron Hebe de Bonafini y Juan Cabandié.

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