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Una Argentina sin poder

31/10/2016 08:46 hs
Tratar la política sin poder. O con el poder vacante.
Jorge Asís
Por Jorge Asís
Escritor - Periodista
Escribe Jorge Asís

para JorgeAsísDigital


¿Tiene sentido el análisis político cuando no se tiene identificado el poder? Dónde se encuentra, quién lo detenta. En la Argentina cuesta identificarlo. El poder está fragmentado en infinitos micro-poderes, diría Moisés Naim. Hasta hacerse casi invisible.


En un país tan presidencialista, con prosa precipitada puede creerse que el poder lo tiene y ejerce Mauricio Macri. Presidente del Tercer Gobierno Radical. Sin embargo el presidente carece de poder cuando ni siquiera puede cobrar las facturas del gas. O cuando se equivoca al jugar su promisorio poderío antes de asumir el gobierno, y manifestar que "espera la renuncia" de la doctora Gils Carbó.


Casi un año después, Alejandra Gils Carbó sigue sentadita, ajustada en el mismo sitio, mientras florecen como hongos que se desgastan los sucesivos apellidos y trayectorias de los reemplazantes.


Los legisladores del pequeño partido presidencial, junto al conjunto de legisladores desconcertados, temporariamente aliados, aplicaron la desairada marcha atrás. Por la repentina autoridad que emana de la doctora Elisa Carrió.


"Lilita tiene siempre la última palabra", justificó Macri. Sin vergüenza. Como si Carrió lo condujera, al marcarle los límites y fijarle las acotaciones.


El episodio puede conducir a la engañosa conclusión de creer que es Carrió quien tiene el poder.


En realidad, con su micro-poder, Carrió suele utilizar cierto liderazgo conceptual. Como su admirable alcance mediático. Aseveración que conduce a la equivocada tesitura de suponer que el cuarto poder, el periodismo, es el más poderoso de los cuatro. Porque hoy marca la agenda del Ejecutivo, arrastra al más débil Legislativo, y presiona y conduce al decisivo Judicial.


Clarín, sujeto sustancial

Quien escribe toma al Grupo Clarín, y a su irremplazable líder Héctor Magnetto, como sujeto sustancial de la historia política contemporánea.


Otros analistas más prestigiosos no tienen en cuenta la fuerza del Grupo Clarín en sus opus. Porque de algún modo lo representan, sin ser necesariamente instrumentos de su estrategia. O por temor a entrar en litigios con el vengativo Grupo, que hoy anda de caza mayor, con el periodismo patrullero que persigue delincuentes.


Como sujeto sustancial, Clarín supo ser protagonista en los cambios de 2001/2 (consultar con Adolfo Rodríguez Saa). Y elector relativamente fundamental de las elecciones de 2015 (consultar con el Mono Aníbal Fernández).


Clarín es mucho más que un micro-poder. Debe ser considerado, pero de ningún modo puede confirmarse que el verdadero poder reside en el micro-poder mediático. Se agota en sí mismo. Fenece a medida que informa y transforma. Pero se desvanece entre la capacidad para destruir y en la impotencia para construir.


Otro micro-poder recursivo y en alza lo representan las redes sociales. Es el polvito que privilegia Marcos Peña, El Pibe de Oro, hasta la obviedad riesgosa de preferirlas al periodismo. Y explicitarlo.


Si alguien mata a otro debe intervenir la justicia. O la comisaría. Antes, en fin, que un noticiero.


Aunque si no intervienen los medios de comunicación es probable que el delito mantenga el destino del olvido. En la penúltima mesa de la señora Mirtha Legrand lo ejemplificó el padre calvo del niño de 13 años que experimentó la tragedia de matar a un ladrón. El señor Salinas también le hizo pasar un mal momento al Scioli que nunca debió estar sentado ahí, apretujado en una comida junto a cinco invitados, una muestra de declive de su micro-poder, más la anfitriona, que lo maltrataba con pregonado cariño.


Pero el padre calvo habló de otro delito, del que fuera víctima un familiar. Como los medios no lo registraron, terminó en la nada. No los llamó nadie, nunca más. Justicia y policía ausentes. Otra muerte para el olvido.


Militares, policías y suicidio social

Las Fuerzas Armadas están alejadas del poder. Hasta del poder de fuego. Desprestigiadas e intrascendentes, ni se las puede computar ya como micro-poder.


Sólo los involucrados conocen los nombres de los Jefes de Estados Mayores. Nadie tiene la menor idea de quién demonios es el Jefe de Estado Mayor Conjunto.


Consta que el militar que tuvo mayor manejo y reconocimiento en los últimos 33 años es el general César Milani. Hoy tiene problemas para explicar una muerte de 40 años atrás. O debe demostrar cómo se compró una casa. El más significativo de los militares que acaparó cuotas de micro-poder en las últimas décadas es ahora un militante peronista que explota una cadena de pancherías.


Los militares se encuentran más lejos de las decisiones del poder real que el columnista de ganarse el Premio Pullizer. O el Nobel.


País de banditas pero sin mafias. El lugar común lo atribuye a la constatación que el poder semejante, en la provincia (inviable) de Buenos Aires, reside en la policía. Institución en un franco estado de sospecha, que induce al suicidio social.


En momentos en que la inseguridad alcanza los ribetes obscenos de la barbarie, entre la sociedad desorientada, y sin poder, cualquiera se atreve a cuestionar la decencia de los policías.


Como si pudiera aspirarse a que el policía jugara su vida contra el delito, cuando cualquier locutor que dice la temperatura se atreve a cuestionarla. A definirla como "parte del problema".


Tratar como delincuente a la policía que debe proteger a la sociedad contra el delito implica un voluntario suicidio social.


Se debe recurrir a la policía por un choque o una pelea, mientras los funcionarios la denigran por la televisión. Por las valijas míticas sin destino, por las disecciones de autos, por "la blancaflor". O lo que fuera.


El problema de Macri son los ricos

Otros distraídos suponen que el poder reside en el universo concentrado de los empresarios y los financistas. El micro-poder que supuestamente debería saltar de alegría.


Los mayoritarios generalizadores confirman que "el gobierno de Macri es un gobierno de ricos. Y para los ricos". Se equivocan de Buenos Aires a La Quiaca.


El problema de Macri son los ricos.


Los ricos que esperan y aún no confían. Los que se desconfían con Macri recíprocamente. Se sacan selfies, lo palmean, lo alientan, pero no le ponen un mango para anunciarlo con trompetas.


Mientras el poder dista de encontrarse en el micro-poder del oficialismo, donde se registra una calamitosa ausencia es en la oposición.


El peronismo hoy no tiene siquiera un jefe. Ni se comprende que con el aniquilamiento del kirchnerismo lo que se oculta es la pulverización del peronismo, acaso el máximo invento nacional.


Sin embargo proliferan los peronistas caóticos de medialuna enarbolada. Dudan en qué tazón mojarla.


Los peronistas más pragmáticos, como los tibios sindicalistas, tratan de contenerse con la generosa Banelco de Macri. Como si los peronistas fueran los radicales desconformes del Tercer Gobierno Radical. Los que se sienten integrados a un gobierno de derecha que los tiene a la distancia.


Otros peronistas son peores, no vacilan en exhibir la impotencia. Prefieren reportarse al misticismo del pobre Papa Francisco.


Es el máximo síntoma de torpeza colectiva de la oposición desconcertada y en banda. Cree que el poder, aunque se trate del micro-poder, nace entre los pliegues de la sotana.


Francisco podrá atenderlos de vez en cuando. Incluso, hasta dejarse fotografiar y obsequiarles un rosario.


Sin embargo Su Santidad está para administrar la credibilidad del catolicismo en el mundo. Defenderlo de los bárbaros que se obstinan en asesinar cristianos. Buscar acuerdos y consensos entre las religiones monoteístas. Pacificar los espíritus que confrontan y luchar -ante todo- contra el Mal. El Satán que existe, mantiene influencia, pisa fuerte en el universo pero Francisco sabe combatirlo. Con oraciones y artillería pesada que prefiere reservarse para otro artículo.

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